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Full text of "Campaña heroica; estudio histórico-militar de la campaña dirigida en Venezuela"

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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 




CAMPANA HEROICA 



OBRAS DEL AUTOR 



PUBLICADAS 



Tres Tumbas (Poema en verso) B 1, 

La Despedida 1, 

Semblanza del Doctor J. M. Jáuregui, con re- 
trato de él 1,50 

Ecos de la Patria (Poesías) 1, 

Poesías escogidas, con retrato del autor 2, 

Epifanio Mora (Esbozos biográficos y juicios 

literarios) .' 0,75 

Breve Reseña de los principales sucesos que en 
el orden político, social, económico y reli- 
gioso, se han verificado en La Grita, durante 

el período de 1800 á 1900 0,50 

Campaña Hekóica 

Se venden en La Grita, en el establecimiento del 
señor Temístocles Guerrero. 



EMILIO CONSTANTINO GUERRERO 

CAMPAÑA HEROICA 



ESTUDIO HISTÓRICO-MIL1TAR 
de la campaña 

dirigida en venezuela por el general cipriano castro, 

como Jefe de la Revolución Liberal Restauradora, 

en 1899 



CARACAS 
J. M. HERRERA IRIGOYEN & CA. 

1903 



INTRODUCCIÓN 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

Uñiversity of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/campaaheroicaestOOguer 



4N 



INTRODUCCIÓN 



La guerra es una consecuencia del movi- 
miento brusco de la humanidad. 

Nacida con el hombre, ha sido su com- 
pañera en la jornada de los siglos. 

En ningún período de la historia, la es- 
pada ha dejado de producir sus lampos, ni 
la sangre, de correr a torrentes. 

Fecunda ó no, la guerra es un hecho que 
tiraniza y liberta, que mata y vivifica, que 
sepulta hombres é instituciones y descorre 
el velo á auroras de redención y promesas 
de gloria, á ideas evolutivas, que transfor- 
man la tierra y enrumban por derrotero 



antes ignoto las aspiraciones de las socie- 
dades. 

Sublimes ideales han emergido del campo 
ardiente de las batallas; y en el humo de la 
sangre ha aparecido envuelta cada etapa del 
camino del progreso. 

Las razas antes desconocidas, al contem- 
plarse por vez primera, se han sentido atraí- 
das al estadio de la lid; pero ese choque 
espantoso ha sido siempre el beso de paz, 
que ha producido las relaciones de los pue- 
blos, las transfusión mutua de las ideas, la 
endosmosis recíproca de la vida. 

Al toque de las dianas vencedoras se ha 
mecido la cuna de los imperios seculares; 
y el fúnebre estampido del cañón ha anun- 
ciado los espasmos de la agonía de podero- 
sas y vetustas dominaciones. 

Tantos siglos de lucha, y de lucha sin 
cesar, hicieron de la guerra objeto del es- 
tudio del hombre, y fué entonces sometida 
á reglas, que multiplicaron el poder de los 
ejércitos y el valor de los soldados. El éxito 
de las batallas no dependió ya tan sólo de 
la energía individual, sino de la oportuni- 
dad de las evoluciones, del talento y de la 
táctica de los Jefes. 

Empero, ese poder para encadenar la vic- 
toria con los recursos del ingenio, sólo es 
don de organizaciones excepcionales, naci- 
das — como las águilas — para flotar mejor 
donde el abismo atrae y el solo aspecto del 
peligro mata. Por éso la historia, en el des- 



file portentoso de las generaciones, sólo ha 
recogido los nombres de muy pocos guerre- 
ros. Sesostris, Moisés, David, Semíramis, 
allá en la cuna de los tiempos históricos; 
Milcíades, Temístocles, Epaminondas, Pén- 
eles, Ciro, Alejandro, en la grandeza de los 
pueblos helenos y del Imperio Persa; Aníbal, 
Escipión, César, en los días clásicos de Ro- 
ma; Alarico y Atila, cuando el destino de 
los países inspiró el degüello de las razas 
para amasar con su sangre las generaciones 
del porvenir; Rodrigo Díaz de Vivar y Car- 
io Magno, en las tinieblas de la Edad Me- 
dia; Tamerlán y Bayaceto I, en la noche 
de los pueblos bárbaros; Carlos V y Hernán 
Cortés, al surgir de entre los mares el Con- 
tinente Americano; Federico el Grande, 
Gustavo Adolfo, en el siglo de la Filosofía; 
Napoleón, al morir las Monarquías absolu- 
tas, y Washington y Bolívar, al adveni- 
miento de la República, en la alborada del 
Derecho, de la Justicia y de la Libertad. 

Las grandes Causas inspiran el talento 
militar: por éso nuestra Guerra Magna tu- 
vo estratégicos admirables y tácticos supe- 
riores. La campaña de Páez en nuestros 
Llanos y la de Sucre en el Perú, son pe- 
destales de gloria para contener estatuas 
de coloso. Allí hay muchas evoluciones qué 
admirar, concepciones felices y ejecuciones 
portentosas que reclaman el estudio y aplau- 
so de los inteligentes. 

Del choque de las pasiones políticas en 



10 



el decurso de nuestra vida republicana, 
había surgido ya un militar célebre, que 
imprimió su nombre en el mármol de la 
Historia y entregó sus proezas á la trompa 
de la Fama: Zamora. Nació con la chispa 
del talento guerrero, y no tuvo más escuela 
que los campos de combate, donde apren- 
dió á vencer, al choque de las espadas y 
entre el humo de los fusiles y cañones. 

Hoy Venezuela cuenta con un verdadero 
militar. 

El General Castro se ha erguido en To- 
cuyito y La Victoria para darse la mano — 
al través de los noventa años de la Repúbli- 
ca — con el Genio de la Epopeya Americana. 

Sus campañas tienen el sello de la gran- 
deza, y sus victorias, la resonancia de los 
tiempos. 

No triunfa por combinaciones del acaso, 
sino por la fuerza indefectible de sus cálculos. 

Dotado de extraña intuición, antes de 
una campaña prevé hasta el último suceso; 
y cuando ya está frente al enemigo, con 
ese golpe de vista que lo distingue, en un 
instante le mide su potencia, la capacidad 
de sus Jefes, el espíritu de sus soldados, 
el mérito de sus armas y las ventajas de 
sus posiciones; le adivina sus planes de 
combate, calcula el principio y duración 
de éste y prevé hasta el ínfimo detalle; de 
modo que llegado el momento, nada falta, 
ni ninguna combinación sucumbe, ni nin- 
guna previsión deja de producir su efecto. 



II 



Vino á la vida, como apareció Marte: ar- 
mado para combatir. 

Como Carlos XII de Suecia, hubiera ex- 
clamado también el primer día que oyó 
el silbido de las balas: «En adelante, esta 
será mi música mejor.)) 

El aire de los campamentos vivifica su 
organismo, y el humo de los fusiles le sirve 
como de lente que multiplica su visión. 

Pero no es sólo la alta concepción de la 
guerra su brillante cualidad: tiene todos los 
caracteres del hombre superior, que marca 
una época con su pensamiento é imprime 
nuevos rumbos á las corrientes vitales de 
un país. 



ii 



En el hombre, nada hay más grande que 
el carácter. 

Es la cima á donde concurren todas las 
líneas del espíritu; es el eje á cuyo redor 
gira toda virtud. 

Sin el carácter, el hombre se doblega 
ante las contrariedades; con él, lucha hasta 
con la naturaleza, y la vence. 

La Historia no exhibe á ningún hombre 
superior que haya estado destituido de esa 
cualidad. 

«Mis órdenes son rayos, que, ó matan ó 



12 



pasan,)) decía Filipo de Macedonia. «Podré 
quebrar; pero doblarme, nunca,» exclamaba 
el Cardenal Cisneros. «Cuando yo tomo una 
resolución, decía el gran Richelieu, sigo 
derecho á mi objeto, y entonces corto, tajo, 
vuelco y lo derribo todo, y todo lo cubro 
con mi sotana roja.» 

El General Castro siempre se ha distin- 
guido por la alteza de su carácter. 

Delibera antes de proceder; pero una vez 
que ha deliberado, es inflexible en la eje- 
cución. 

Siete años maduró el problema de recons- 
truir el edificio de la Patria; pero una vez 
que puso el pié en tierra venezolana, nada 
le detuvo en su camino. Ni la pequenez 
de su ejército, ni lo rudo de la brega, ni lo 
largo de la jornada conmovieron su tempe- 
ramento de atleta. En la fatiga se fortale- 
cía su espíritu, como Anteo recobraba las 
fuerzas al tocar el suelo. Cada contratiempo 
lo traducía como un triunfo; cada deserción 
de los suyos, como una ventaja; cada en- 
cuentro con el enemigo, como un pedestal 
para su gloria. 

Traía, además, la convicción que distin- 
gue á los videntes. 

A cualquier cobarde pudiera haberle di- 
cho como César á su barquero en la tem- 
pestad del Adriático: «No temas, me llevas 
á mí y á mi fortuna.» Como Colón, se ha- 
bría lanzado á los mares en un esqueleto 



— 13 — 

de carabela, convencido de que las tor- 
mentas respetarían su persona. 

Cuando en 1899 dio el grito de guerra 
en la frontera de Colombia, se proclamó, 
y con justicia, «siempre vencedor, jamás 
vencido;» en todas sus proclamas de guerra, 
anunció la indefectibilidad del triunfo, co- 
mo corona de su campaña; y en julio del 
presente año, cuando el horizonte del País 
estaba entenebrecido, y todos los sucesos 
conspiraban en su contra, su fé inquebran- 
table fué más firme que nunca, y bien pudo 
asombrar con estas palabras estupendas: 
«Me encuentro con la capacidad que se 
requiere para cumplir la misión con que 
me ha investido la Providencia, y quiero 
hacerme digno de esa misión. Hombreán- 
dome con los conflictos de la paz, y alzando 
mi talla, si preciso fuere, por sobre las 
contrariedades mismas de la naturaleza, yo 
encadenaré los sucesos y los sujetaré al carro 
de la Victoria en el campo mismo de la 
rebelión. 

«Voy á comunicarle á las operaciones de 
la guerra el entusiasmo de mi fé, el nervio 
de mi actividad y la eficacia de mi direc- 
ción personal. Ya veréis cómo, con el he- 
roísmo de mis soldados y la lealtad de mi 
fortuna, arranco del seno ardiente de las 
batallas, paz para la vida nacional, garan- 
tías para la vida ciudadana, estabilidad 
para el progreso, prestigio para las institu- 
ciones, y, purificados en los crisoles del 



14 



sacrificio y del dolor, los elementos con que 
hemos de construir el nuevo edificio de la 
regeneración nacional.» 

Nunca promesa alguna tuvo más exacto 
cumplimiento. La Victoria y San Mateo 
atestiguan la superioridad de un Jefe sobre 
las masas informes de los humanos. Allí, 
como en los campos del G rámeo y del Ifiso; 
como en Leutres y Mantinea; como en Ca- 
nas y Trasimeno; como en Farsalia y Otum- 
ba; como en Auterlitz y en Jena; como en 
Carabobo, Boyacá y Junín, quedó ungida 
su frente de guerrero, y le fué abierta la 
portada de luz por donde se entra en el 
Alcázar de la gloria. 

Si los hechos anteriores, por extraordina- 
rios, habían sido objeto de dudas y de vul- 
gares interpretaciones; si el odio del ad- 
versario había tratado de eclipsar sus lau- 
reles y obscurecer su mérito, allí deslumbró 
a todos con el rayo de su genio, ratificó 
las proezas de su poder, y dejó esculpida 
su superioridad en el granito indestructible 
de los tiempos. 

Sus claros timbres, como militar, son ya 
sagrados. Tienen el veredicto de los he- 
chos, que es la más alta autoridad en ma- 
teria de sanción. 

Con todo, nada valdrían sus cualidades 
de guerrero; nada su indiscutible valor 
personal; nada el poder sugestivo con que 
subyuga y domina á sus soldados, si esas 
dotes no las pusiese al servicio de sublimes 



— *5 — 

ideales, que son los únicos que vencen y 
hacen perdurable la victoria. 

Nada significa en la economía de la hu- 
manidad, la feroz bravura con que Gengis- 
kán triunfó un día sobre todos los pueblos 
del centro del Asia y estableció su domi- 
nación mongólica; nada, el indómito valor 
con que Bayaceto I hizo temblar á medio 
mundo, y la asombrosa actividad en sus 
movimientos bélicos, por la cual mereció 
que se le apellidase El Rayo; y nada, la 
actitud de Marte Olímpico con que Ta mer- 
lán recorrió el Asia vencedor, dejando los 
desiertos convertidos en mares de sangre, 
las playas de los ríos blanqueadas con los 
huesos de los muertos y los campos de sus 
victorias marcados con pirámides de cráneos 
humanos. Esas dotes marciales en nada 
han influido para la marcha del progreso, 
ni con los fulgores de esos triunfos se ha 
llevado un solo rayo de luz á las tinieblas 
de la vida para impulsar siquiera un pun- 
to el gran día de la civilización. 

En el mundo no hay sino un verdadero 
poder: la idea. Todo lo demás se desmoro- 
na y pasa, como pasan las ilusiones de los 
niños, como las irisaciones de la luz, como 
las sombras de los objetos. 

Sólo las ideas resisten las tempestades de 
los siglos, y producen frutos cuya semilla 
no se acaba. 

Con una idea fundó Moisés el más ad- 
mirable de los pueblos antiguos ; y con una 



— i6 — 

idea transformó Jesús las tendencias de la 
humanidad. 

Las revoluciones que han subvertido la 
uniformidad de la historia y abierto nue- 
vos rumbos á las corrientes de la vida, son 
aquellas que ha inspirado una idea. Donde 
ésta no existe, el nombre se agita en vano > 
y sus luchas son tan estériles é inútiles 
como la lucha de los cetáceos en los mares, ó 
la de las fieras en los bosques. 

El General Castro es un hombre de ideas. 
Durante su asilo en Colombia, pudo mu- 
chas veces invadir el País, para conquis- 
tar celebridad ó adiestrarse en el arte bélico; 
pero jamás lo quiso. Desde playa extranjera 
contemplaba con dolor los desastres de la 
Patria, y estudiaba en el libro del pensa- 
miento y en el libro de la Historia, la 
manera de aliviarle sus dolores, pero nun- 
ca pensó en el proceso de las armas como 
redentora medicina, sino que esperó la evo- 
lución inteligente y sabia en el seno mis- 
mo de la paz. 

Empero, cuando un día la voz de la 
Representación Nacional se dejó oír; cuan- 
do los Diputados del pueblo llamaron á 
la defensa de las instituciones patrias, él 
se presentó en tierra venezolana, armado de 
punta en blanco, casi solo, pero confiado 
en que la razón y el derecho tienen siem- 
pre de su parte al Dios de las Naciones. 
Y aun entonces, no se presentó sin traer 
como programa de su revolución un nú- 



— 17 — 

cleo de hermosas ideas, que vinieran á caer 
en el suelo patrio á manera de rocío fecun- 
dante, ó de pródiga y benéfica simiente. 

El quiso cegarle al País los torcidos 
senderos por donde marchaba al abismo de 
su ruina, y abrirle, en cambio, nuevos y 
esplendorosos ideales, que pudiesen condu- 
cirle á su tierra de promisión; — rasgarle 
el libro de sus ajados procedimientos, tro- 
cándolos por otros de verdad y de justicia, 
de moralidad y de bien ; — y atraer á las 
esferas oficiales á todos los hombres in- 
manchados con el desprestigio de las admi- 
nistraciones muertas, y en especial, á la 
juventud, que es la que lleva siempre en 
su mente soñadora el espíritu del porve- 
nir; á la juventud, que es la que tiene en 
la sangre de sus venas el heroísmo para 
la inmolación por los grandes ideales; á 
la juventud, que es la que puede presen- 
tarse á la vida pública con la frente le- 
vantada porque no la ha doblado nunca, 
y que puede esperar en pie las contra- 
riedades y los conflictos, porque sus mús- 
culos crurales no están acostumbrados al do- 
blamiento de rodillas. 

El desenvolvimiento de ese sintético pro- 
grama es amplio, como amplias son las 
manifestaciones del Derecho, como múltiples 
son las formas de la libertad. 

El impone á todos, y ante todo, el heroís- 
mo de la verdad y el heroísmo del deber ; 
que el engaño y la mentira huyan de la 



— 18 — 

vida pública ; que sea la buena fe la ins- 
piradora de todos los actos y la ejecutora 
de todas las promesas; que en los altares 
de la Patria se ratifique para siempre la 
consagración de la vida humana, — que es 
de Dios, — y la libertad de sus hermosos 
atributos, que son la diadema de soberano 
que lleva el hombre sobre la sien; que 
sea intangible la propiedad, que es parte 
del individuo, porque no es sino el sudor 
de su frente transformado en cosas y en 
derechos; que el hogar doméstico sea in- 
violable, porque es el santuario donde el 
sentimiento del alma tiene culto, y donde 
el honor de la familia tiene altar ; que la 
enseñanza del pueblo sea efectiva, porque 
las Naciones han nacido — como los astros 
— para moverse envueltas en luz, y la ig- 
norancia es sombra, y el error es noche ; 
que los caminos puedan transitarse con 
entera libertad, porque el hombre no vive, 
como las plantas, adherido al suelo, sino 
andando incansablemente para realizar en 
el movimiento el destino de la vida ; que 
la justicia sea el supremo recurso de los 
débiles en la lucha con los fuertes ; que la 
renta pública, que es sudor del pueblo, vuel- 
va al pueblo en obras de benefacción y 
de utilidad, y que la vida civil y políti- 
ca no sean costosas para el hombre, porque 
entonces es preferible huir á los desiertos 
y a los bosques, donde el tigre y la pan- 
tera no pagan derechos por andar, ni el 



— i 9 — 

ave por fabricar su nido, ni la industriosa 
abeja por transportar en sus páticas la re- 
galada mercancía con que elabora sus pa- 
nales. Y por último, que el Gobierno no 
sea un ente estacionario, un hidrópico que 
espera en su silla de extensión los ester- 
tores de la muerte, sino un ser activo en 
el trabajo, que multiplique en el País las 
fuentes de producción ; que introduzca nue- 
vos cultivos y nuevos trabajadores; que 
forme la industria patria, porque las Na- 
ciones sin industria son parásitas del globo; 
que proteja al agricultor con garantirle su 
seguridad individual y con fundar Bancos 
agrícolas que le independicen su trabajo ; 
que abra á la riqueza las válvulas de su 
circulación ; que levante el espíritu nacio- 
nal á la grandeza y á la gloria ; que atraiga 
todas las conquistas de los países cultos, 
y que descubra horizontes á la vida, cam- 
pos de actividad á la inteligencia y fuentes 
de legítimo placer al corazón. 

Todo eso significa el hermosísimo pro- 
grama : « Nuevos hombres, nuevos ideales, 
nuevos procedimientos ». 

Si él no se ha convertido en una tan- 
gible realidad, culpa no es del Jefe de la 
Restauración. Todo ha conspirado contra 
él : hombres incapaces de la grandeza del 
bien, provocaron en unas partes las iras 
del pueblo; corazones empequeñecidos y 
leprosos desertaron en otras del honor y 
del deber ; la guerra, inmotivada y criini- 



20 



nal, inflamó por doquiera sus antorchas 
incendiarias ; la espantosa situación econó- 
mica del País negó todos sus recursos para 
la ejecución de obras útiles ; conflictos in- 
ternacionales, debidos á actos de las ad- 
ministraciones pasadas, reclamaron atención 
preferente ; y todo el organismo social, vi- 
ciado por antigua dolencia, se rebeló con- 
tra las nuevas corrientes de la vida na- 
cional. 

El mismo General Castro lo La dicho 
con la radian te energía de su estilo inimi- 
table : « El esfuerzo de mi labor políti- 
ca, eminentemente conciliadora, y la hon- 
rada sencillez de mis propósitos de armo- 
nía en el seno de los intereses públicos, ha 
tropezado con ese desbordamiento descon- 
solador de infidencias y traiciones, de in- 
tolerantes ambiciones y de culpables iner- 
cias, que han llevado á mi espíritu, junto 
con la amargura de tristes desengaños, el 
convencimiento de que esta obra política, 
si ha de ser sólida y perdurable, necesi- 
tamos levantarla desde sus cimientos, de 
manera que se sostenga por la virtualidad 
de sus propias fuerzas, y no como hasta 
ahora, por las falsas combinaciones de los 
intereses del momento, en que las más de 
las veces entra el cálculo egoísta antes que 
las legítimas conveniencias del bien pú- 
blico ». 

Todo ese conjunto de luminosos princi- 
pios, bien demuestra que la Revolución 



21 



Eestauradora traía no sólo la fuerza que 
conquista el triunfo, sino también las ideas 
que consolidan la victoria; y que su in- 
victo Jefe, no es sólo el guerrero aventa- 
jado que abre surcos en la tierra con la 
punta de la espada, sino también el inte- 
ligente cultivador que riega en esos sur- 
cos semillas de pensamientos para que se 
reproduzcan en frutos de bien. 

Soy enemigo de la guerra por educación 
y por doctrina. La considero como un 
resto de la barbarie, que desaparecerá un 
día del banquete de la civilización. Pero 
puesto que hasta hoy es un hecho que 
tiene en su abono la sanción de los siglos; 
puesto que aún vive con palmas y lau- 
reles en medio de los países más cultos; 
puesto que un egregio Capitán es orgullo 
de un pueblo, lustre de una generación y 
antorcha que ilumina un período de la 
Historia, me complazco de que Venezue- 
la tenga hoy — como guardián de sus dere- 
chos — á tan excelso militar, y quiero presen- 
tarle el tributo de mi admiración, estu- 
diando su más gloriosa campaña á la luz 
de los principios consagrados por el arte 
de la guerra. Eso explica la presente 
obra. 

Llamo Campaña Heroica la que realizó 
el General Castro en 1899, partiendo des- 
de las fronteras del Táchira con Colom- 
bia hasta llegar triunfador á esta ciudad; 
y la divido por fuerza de los hechos en 



22 



dos partes perfectamente caracterizadas : 
Campaña del Táchira é Invasión al Cen- 



tro. 



iii 



Termino la obra con unas consideracio- 
nes generales sobre las nobles prácticas que 
el Jefe de la Restauración introdujo en el 
militarismo venezolano. 

El probó que se puede hacer la guerra 
sin extorsionar á los países y sin llevar la 
devastación á todas partes; que el solda- 
do, como todo ciudadano, tiene leyes, que 
lo sofrenan, y deberes, que lo dirigen ; que 
el fin de la guerra no es destruir sino 
vencer ; y que por ende, los revoluciona- 
rios que se levantan sin ideal y sin ban- 
dera, talándolo todo como la avenida ó 
el ciclón, arrebatando derechos y lavan- 
do la tierra con la sangre de indefensos 
y sencillos labradores, no son, no pueden 
ser sino prosélitos de la barbarie, misera- 
bles salteadores, enemigos de la Patria, de 
la honradez y del bien, para quienes las 
cárceles no serían suficiente castigo, ni 
el menosprecio público suficiente humilla- 
ción 

En cuanto al criterio que me ha guiado, 
es el alto y sereno de la Historia. Ni he 
arrebatado méritos al vencido, ni escatima- 
do glorias al vencedor. 



— 2 3 — 

Como he llegado al campo de la con- 
tienda pública sin odios viles ni insensa- 
tas pasiones, jamás he proferido una pa- 
labra hiriente para ningún luchador. El 
insulto es la flor de los cerebros estériles. 
La razón sólo discute con verdades. Por 
ideas no se odia. Juzgo un crimen llevar 
la mano á la frente de un hombre para 
insultar la majestad de su pensamiento. 
El respeto á lo respetable es el pedestal 
de la honradez. La justicia es la norma 
de todo juicio humano, y el odio y la jus- 
ticia no se abrazan jamás. 

Mi obra no es de pasión ; es de criterio. 



PRIMERA PARTE 



PRIMERA PARTE 



CAMPANA DEL TACIIIRA 



Todos los grandes Capitanes de la His- 
toria han tenido su táctica especial, con 
la cual han arrebatado al enemigo — en el 
campo de la lucha —los laureles ele la vic- 
toria. 

Filipo de Macedonia organizó un día 
su invencible falange, y con la sola ba- 
talla de Queronea, encadenó á la hermo- 
sa patria de Homero y Praxiteles, ven- 
cedora en otro tiempo de las huestes asiá- 
ticas en Maratón y Salamina, en Mícale 
y Platea. 



— 28 — 

Alejandro, con la misma poderosa arma 
de combate, y con su sistema de cargar 
sobre una ala del enemigo hasta destruir- 
la, para ir luego á atacar por retaguar- 
dia la otra ala y el centro, se lanzó á las 
entrañas del Imperio Persa, derrotó á cien 
mil soldados en las riberas del Gránico, 
venció á Darío ei* la ciudad de Isso, y 
en la batalla campal de" Arbelas, impuso 
su pesado yugo á los muelles y degene- 
rados adoradores del fuego. 

Epaminondas inventó su célebre orden 
oblicuo, y con él soterró á los Lacedemo- 
nios en las clásicas batallas de Leutres y 
Mantinea, é hizo brillar por un momen- 
to á los Tebanos como un pueblo que 
entraba armado de punta en blanco en el 
rol de las Naciones guerreras. 

Roma creó su temible legión, y con 
ella, gloriosos Capitanes recorrieron vence- 
dores el mundo entero, cambiaron la faz 
de la tierra, fundaron reinos, destruyeron 
vetustas dominaciones y trajeron cautivos 
á sus cárceles á todos los reyes enemigos, 
y cautivos al Capitolio, á los dioses de 
todas las religiones. 

César, con su infantería media y con 
hábiles maniobras del momento, fué de 
victoria en victoria hasta el fondo de las 
Galias, tocó á la puerta de los templos 
druídicos y se sentó bajo sus sagrados en- 
cinares ; y luego, coronado de triunfos, re- 
gresó á dominar á Roma y á destruir en 



— 2 9 — 

las llanuras de Farsalia la arrogante so- 
berbia de Pompeyo. 

Gustavo Adolfo y Carlos X resucitaron 
la táctica del héroe tebano; y Napoleón, 
el asombro de los siglos guerreros, reunió 
todos los movimientos del arte antiguo, y 
con el poder de su esplendoroso genio, 
siempre supo en el momento necesario, 
aplicar la táctica que más convenía y de- 
ducir el resultado que más le interesaba. 
Con todo, en su admirable campaña de 
Italia, casi siempre triunfó cayendo como 
un proyectil sobre el centro del enemigo 
hasta destruirlo, para dejar luchando sin 
plan ni concierto á las alas, que bien 
pronto venían á caer en las garras de sus 
leones. 

El General Castro se ha distinguido tam- 
bién por su estrategia, y por sus hábi- 
les combinaciones en el momento de la ba- 
talla. 

Instruido en la historia del arte mili- 
tar, nada desconoce de las tácticas que 
han salido arrogantes en las pruebas de 
la experiencia, ni de los movimientos cé- 
lebres, con que han forzado sus triunfos 
los más ilustres guerreros; pero su prin- 
cipal poder está en el convencimiento pro- 
fundo que tiene de la victoria ; en la su- 
gestión que ejerce sobre sus soldados has- 
ta obtener que en ellos se agite como ce- 
rebración inconsciente esta idea: vencer; 
en el acierto con que hace la elección de 



_ 3 o — 

sitio para librar la batalla; en la pene- 
trante mirada con que abarca el campa- 
mento enemigo hasta descubrirle la clave 
de la posición, la cual ataca vigorosamen- 
te produciendo así el desconcierto y la de- 
rrota ; en la oportunidad con que orde- 
na la carga cuando el contrario pierde la 
serenidad y la firmeza, y por último, en 
el discreto uso que sabe hacer siempre 
de la reserva. 

Todo ello quedará comprobado en las 
breves páginas del presente estudio. 



ii 



Siete años hacía que el General Castro 
estaba asilado en Colombia. 

En su hacienda de Bella Vista, vivía 
contraído al trabajo, á la lectura, y á la 
meditación en los grandes problemas que 
se prometía resolver para resucitar de la- 
tumba á ese Lázaro querido que }^acía 
muerto: su Patria. 

Un día, los errores del Gobierno rebo- 
saron en la copa de la iniquidad, y una 
parte del Congreso Nacional excitó el pa- 
triotismo del pueblo venezolano para que 
concurriera á reivindicar los derechos con- 
culcados y la dignidad patria ofendida. 

Desde el fondo de su gabinete de lec- 
tura, contestó á este llamato del deber : 



_ 3 I — 

«Loor á esos campeones de la libertad 
«y del derecho, veteranos del verdadero 
«(liberalismo venezolano. 

«Compatriotas : 

«¡ No más farsas, no más tiranías, no 
«más opresión ! 

«Empuñad las armas con el único y 
«exclusivo fin de reivindicar vuestros de- 
«rechos conculcados y de salvar la hori- 
«ra de la Nación venezolana, que es vues- 
«tra propia honra; pero juremos ante el 
«sagrado altar de la Patria, á la vez que 
«olvidar nuestros justos resentimientos, no 
«deponer las armas hasta ver coronadas 
«nuestras legítimas aspiraciones. 

«Así pues, nuestro único móvil debe ser 
«el cumplimiento del deber; nuestro úni- 
«co lema, la justicia; nuestra única ense- 
«ña, la libertad. » 

«Soldados : 

«Vosotros me conocéis bastante, y sa- 
«béis que siempre vencedor, jamás venci- 
«do, al cumplimiento de mis sagrados de- 
«beres de patriota y de liberal, lo he sa- 
«crificado todo : sabéis que soy incapaz de 
«una cobardía y de una infamia. 

«El árbol de la libertad exige vuestro 
«contingente de sangre una vez más: vo- 
«lad á ofrendarlo con ese valor legenda- 
«rio que os es peculiar. 

«Vuestra consigna es vencer ó morir.* 



— 3 2 — 

Y con esas ideas eminentemente patrió- 
ticas, con ese valor que raya en los lími- 
tes de la temeridad, con esa confianza en 
el poder de su genio y en los favores de 
la fortuna, se lanzó á la más atrevida 
de las empresas y realizó la más sorpren- 
dente de las campañas. 

Unas pocas armas, corroídas por la ac- 
ción del tiempo ; escasísimos pertrechos, y 
sesenta compañeros, que son sesenta héroes, 
fueron todos los elementos con que inva- 
dió á un país que en pocos días podía 
levantar cincuenta mil soldados, de los 
mismos que asombraron á Morillo en Mar- 
garita, que entonaron las dianas de Ca- 
rabobo y San Félix, que hicieron histó- 
ricas las creaciones mitológicas en las Que- 
seras del Medio, y que después de liber- 
tar á Venezuela del yugo peninsular, fue- 
ron á reivindicar los derechos de las na- 
ciones hermanas en Boyacá y Pichincha, 
Junín y Ayacucho, y á plantar victorio- 
sa la enseña tricolor en las enhiestas al- 
turas del Chimborazo y el Potosí. 

En el silencio de la noche atravesó el 
río Táchira, y cuando el sol del 23 de 
Mayo emergió tras las colinas del Orien- 
te, el pequeño ejército había establecido 
su cuartel general en la plaza de Inde- 
pendencia, ebrio de entusiasmo y dispues- 
to á ejecutar prodigios y á realizar ma- 
ravillas. 

Al redor del héroe andino estaba un 



— 33 — 

grupo de jóvenes militares, que debían 
resucitar en nuestra Historia las proezas 
de Piar y Campo Elias, de Urdaneta, de 
Sucre y de Páez. Veíanse allí, el General 
Gómez, hasta entonces ilustre por la hon- 
radez y el trabajo, ahora esclarecido por 
su valor y su lealtad; José Antonio Dá- 
vila, joven por los años, veterano por su 
destreza en combatir y en triunfar; Pe- 
dro María Cárdenas, á quien se pudiera 
calificar como á Bayardo : Caballero sin 
miedo Y sin tacha, y sus hermanos, hé- 
roes del trabajo en la paz, asombros de 
valor en los combates ; Luis Várela y Ob- 
dulio Bello, brazos forjados para la espa- 
da, corazones — de alba á tarde — abiertos 
Í>ara el bien ; Jesús y Rafael María Ve- 
asco, siempre caballerosos y serenos ; Car- 
melo y Trino Castro, José María García 
y Eliseo Sarmiento, casi niños por la edad, 
risueños ante el silbido de las balas y el 
rimbombar estruendoroso del cañón ; y tan- 
tos otros, militares imberbes los más, pero 
de corazón templado en la fragua de los 
Cíclopes, como que su cuna se meció — 
frente al nido de las águilas — en aque- 
llos desfiladeros vertiginosos de las mon- 
tañas andinas, donde nace el trueno, en- 
ciende su lumbre el rayo y agita sus vi- 
gorosas alas el huracán. 

El mismo día habían levantado la ban- 
dera de la rebelión, en el Norte, Régulo 
Olivares, valiente, honrado y noble, y de 



— 34 — 

quien sus adversarios han dicho como del 
gran Turena : «este hombre hace honor al 
hombre»; en Lobatera y Michelena, Maxi- 
miano Casanova y Juan Figueroa, esfor- 
zados y leales; Santiago Briceño, pluma 
y espada, Cubillán y los Sánchez, en Tá- 
riba ; Prato y los A mayas en Zorca ; Ro- 
mán Moreno, tan caballeroso como valien- 
te, en Rubio, y en la Sección Mérida, 
José María Méndez, desgraciadamente muer- 
to al comenzar una carrera de gloria; 
Gerónimo Maldonado, que á los veinticin- 
co años ostentaba en la sien el laurel de 
Hipócrates, había escrito libros revelado- 
res de un gran talento y merecía ser Jefe 
de Estado Mayor del Ejército de Mérida, 
y Pedro Araujo Sánchez, tan modesto y 
sencillo como valiente y leal. 



ni 



Aquí empieza la obra verdaderamente 
admirable del General Castro. 

Desde ese día, su talento irradia como 
un sol del zenit, que deslumbra á todas 
las miradas y encadena á todas las vo- 
luntades. 

Una de las condiciones de éxito más 
importantes en toda empresa humana, es 
la actividad. 



— 35 — 

Sin ella, la concepción más feliz se con- 
sume y muere, y las esperanzas más her- 
mosas vuelan como aves tristes del nido 
de nuestra mente. 

Por inactivo, el lirón no conoce en to- 
da su vida más que el árbol que le vio 
nacer ; y el haragán ve llegar á las puer- 
tas de su choza al espectro de la mise- 
ria y sucumbe en medio del infortunio y 
el dolor. 

En la guerra, la actividad constituye la 
mitad del éxito. 

Todos los grandes militares se han dis- 
tinguido por una increíble prontitud en 
sus operaciones. Bayaceto I mereció ser 
llamado El Rayo por la actividad en sus 
movimientos ; Belisario caía sobre el ene- 
migo cuando éste le creía á muchas le- 
guas de distancia ; el gran Conde pensa- 
ba hasta en el sueño, y muchas veces 
empezó á dictar sus órdenes dormido; y 
Bonaparte asombra por la rapidez en sus 
concepciones y la celeridad en la ejecu- 
ción. 

El General Castro es un guerrero de sor- 
prendente actividad. 

Hace de la noche día, y las horas del 
día las multiplica milagrosamente. 

En un combate, pudiera decirse que es 
eléctrico, y tiene el don de comunicar á 
sus soldados la fuerza de su movilidad. 

Al amanecer del veinticuatro de mayo, 
ya tenía un regular pie de ejército, con 



-36- 

el cual se dirigió á la capital del Táchi- 
ra, que juzgaba en poder de los subal- 
ternos á quienes encomendó apoderarse 
de ella ; pero la operación se había frustra- 
do, y al llegar á La Popa, altura que 
domina la ciudad, supo la infausta noti- 
cia, por lo cual se decidió él mismo á 
atacarla. 

Dictando estaba sus órdenes, cuando tu- 
vo conocimiento de que por el camino de 
Escaleras, venían las fuerzas de Rubio 
á reunirse con las de San Cristóbal. 

La situación era delicada. Si atacaba á 
esta última plaza, podía quedar en me- 
dio de dos fuegos, ó cometía el error de 
dejar reunir en un solo núcleo, fracciones 
que podía batir al detal. 

Su ¡decisión fué rápida. Estaba ávido 
de librar el primer combate, para colocar 
sobre la frente de sus soldados la prime- 
ra corona de laurel. 

Cerca de trescientos hombres venían de 
Rubio, á las órdenes del valiente Gene- 
ral Ramón Velasco y del Coronel Anto- 
nio Pulgar. 

Como un relámpago en el cielo, brotó 
en su mente una idea feliz: batir al ene- 
migo en Tononó, paraje que podía domi- 
nar con sus fuegos desde la cuesta que 
de esta aldea conduce á La Popa ; é in- 
mediatamente voló allá, á tomar posi- 
ciones. 

Serían las tres post meridiem. Se había 



— 37 — 

prohibido el paso de toda persona que pu- 
diera alertar al enemigo. 

De pronto, éste se presentó. Una descar- 
ga de fusilería cayó sobre él; la bande- 
ra tricolor se izó en los puntos culmi- 
nantes de la cuesta, y el clarín guerrero 
dio sus voces al aire tocando uno y ca- 
torce. 

El enemigo, que venía marchando en 
columna cerrada, y que por su impericia 
no había adelantado un espionaje, ni una 
patrulla de reconocimiento, ni traía siquie- 
ra una mosca que le diera informaciones 
sobre los peligros de la vía, quedó ató- 
nito y desconcertado ante aquella descar- 
ga inesperada, y por un momento pensó 
esquivar el combate ; pero forzado a la lu- 
cha, por las hábiles maniobras que con 
admirable previsión había practicado el Ge- 
neral Castro, se desplegó en orden de ba- 
talla, y con la energía y bravura del sol- 
dado tachirense, respondió á los fuegos ene- 
migos, avanzó con sus banderas desplega- 
das, y pretendió trepar la cuesta con au- 
dacia propia de quien siente dentro del 
pecho las tempestades del valor ; pero fué 
rechazado vigorosamente y con pérdida 
de su primero y segundo Jefes, cuya caí- 
da, y el empuje irresistible de las fuer- 
zas restauradoras, lo pusieron en comple- 
ta derrota, dejando en el campo de la lid, 
todas sus armas, pertrechos y bagajes, he- 
ridos y muertos. 



- 38 - 

Treinta minutos habían bastado para que 
las armas restauradoras conquistaran su 
primer triunfo. 

Aquello no fué propiamente una bata- 
lla : fué un choque rápido y terrible, en 
que el valor rayó en sus mayores altu- 
ras ; el encuentro de dos nubes cargadas 
de electricidad contraria ; la explosión de 
un volcán, que revienta á impulsos de dos 
corrientes poderosas de fuego subterráneo. 

La elección del punto de combate, el 
ocultamiento al enemigo de las operacio- 
nes militares, la ocupación de las posi- 
ciones y el entusiasmo comunicado á las 
fuerzas para lanzarlas como avalancha so- 
bre el enemigo, constituyen el mérito de 
esta acción, con que el General Castro ini- 
cia su celebérrima campaña, y en que ob- 
tuvo elementos de guerra que no tenía y 
con los cuales se preparó para arrancar 
al destino nuevas glorias, y á los cam- 
pos de batalla, nuevos laureles. 

El combate de Tononó me recuerda en 
nuestra historia patria, el día de Las Trin- 
cheras. El ejército lamentaba, con verda- 
dero dolor la muerte de Girardot, el Leó- 
nidas Americano, como le llamó Bolívar 
después de la gloriosa defensa del puen- 
te de Palacé. D'Elúyar, joven por cuyas 
venas corría sangre de héroes, con el co- 
razón rebozado de ira y de pesar, voló 
con la impetuosidad de un ciclón á ven- 
gar á su ilustre amigo, chocó con las fuer- 



— 39 — 

zas de Mouteverde, que venían en direc- 
ción opuesta, y desde la primer descarga, 
hizo que aquel campo semejase el encuen- 
tro de dos olas marinas : un solo zumbi- 
do se oía, mezcla confusa del piafar de 
los caballos, el chasquido de las espadas, 
los gritos insolentes de la ira, las explosio- 
nes de los fusiles y el eco retumbando de 
valle en valle y de colina en colina. Pocos 
minutos, y el empuje vigoroso de los pa- 
triotas ponía en completa fuga al enemi- 
go, que huyó asombrado y medroso hasta 
ponerse á salvo tras de las fortalezas de 
Puerto Cabello. 

No en todas partes se pelea con bravura 
igual. Sólo las razas jóvenes, acostumbra- 
das á la lucha con la naturaleza bravia, 
no depauperadas por el vicio, que degenera 
y afemina, robustecidas con una alimen- 
tación reparadora y abundante, son capa- 
ces de abordar el peligro sin que el co- 
razón palpite, ni la reflexión sofrene. La 
Esparta de los tiempos de Leónidas, y la 
Roma de Camilo y Escipión, no florecen 
en todas las regiones de la tierra ni se 
levantan al calor de todos los climas. 

El valor que conduce hasta al sacrificio, 
es una cualidad sublime. No todos los hom- 
bres tienen la alteza de carácter que lleva 
á triunfar por una causa, ó á morir por 
una idea. 



4o — 



IV 



El sol del 25 apareció esplendoroso y se- 
reno. 

Desde que las primeras claras del día 
rasgaron las tinieblas del Oriente, el ejér- 
cito se puso en movimiento, y á las 8 (a. m.) 
siguió marcha hacia Rubio, en virtud de 
aproximarse por la misma vía, según in- 
formes, las fuerzas que venían de San An- 
tonio al mando de los Generales Leopoldo 
Sarria y Pedro Cuberos. 

De Rubio siguió por la cuesta de Capote; 
pero á poco andar, tuvo noticia de que el 
enemigo, al saber el combate de Tononó, 
resolvió irse á San Cristóbal por vía de 
Mochileros. Inmediatamente contramar- 
chó, y sumándose la fuerza del General 
Froilán Prato, que á la sazón salía por 
Cania, empezó a trepar la cuesta de Esca- 
leras para dirigirse á Capacho por el ca- 
mino de los Indios. 

Desde la altura de este cerro, divisó 
la marcha precipitada del enemigo; y con el 
propósito de adelantársele, siguió por vía 
de Peribeca á Táriba, á donde llegó en la 
mañana del veintiséis. El veintisiete, el 
ejército desfiló rápidamente camino de Pal- 
mira, para salirle al encuentro en los 
flancos de la montaña; pero á poco andar, 
se observó que ya subía la cuesta de Ga- 



— 41 — 

llardíNj á paso precipitado, para dirigirse 
por Toico á San Cristóbal. El General 
Castro ordenó contramarchar, y con cele- 
ridad vertiginosa regresó á Táriba para 
continuar por vía de El Espinal y La 
Vichuta, hasta ocupar Las Pilas, punto 
adonde precisamente convergen todos los 
caminos que el enemigo podía tomar para 
descender sobre San Cristóbal. 

Estos movimientos fueron dictados con 
el más feliz acierto, y ejecutados con in- 
creíble actividad. 

En ellos se revela una estrategia admi- 
rable, un don especialísimo para conducir 
la guerra— con precisión matemática — á un 
éxito infalible. 

En esta contramarcha, el General Castro 
tenía que recorrer una distancia mucho 
mayor que la de su contrario ; pero de tal 
manera graduó la marcha, que, cuando 
la vanguardia llegó á Las Pilas, aun es- 
peró algunos minutos para ordenar alto al 
enemigo con una descarga de fusilería que 
rompió el silencio crepuscular y dio prin- 
cipio á uno de los combates más atrevidos 
que haya librado el gallardo Jefe de la 
Restauración, y de consecuencias más va- 
liosas para la prosecución de la campaña. 

Serían las seis de la tarde. 

El sol brillaba todavía entre los fastuosos 
celajes del Poniente. 

El ejército revolucionario venía fatigado, 



— 42 — 

á causa de la vertiginosa marcha que había 
hecho. 

Al pasar por La Parada, las fuerzas de 
San Cristóbal lo saludaron con repetidas 
descargas de maussers. «Esos fuegos no se 
contestan» fué la orden del General Cas- 
tro, al ver que sus soldados pretendían 
disparar. 

La situación en ese momento era por 
demás difícil. Las fuerzas que venían de 
San Antonio eran las de línea, mandadas 
por el General Leopoldo Sarria, Jefe de la 
Frontera con Colombia; y la gente colec- 
ticia del Distrito, á las órdenes del General 
Pedro Cuberos. Venían bien armados, con- 
duciendo parque, y en número suficiente 
para dar una batalla con éxito caso de 
encontrarse inesperadamente con la Revo- 
lución. 

El General Castro tenía pocos maussers: 
sus pertrechos no eran suficientes para un 
combate de larga duración, y además, iba 
á colocarse entre dos enemigos, el que venía 
y las fuerzas de San Cristóbal. 

Pero él nunca mide la magnitud del 
peligro : al contrario, mientras éste es 
mayor, se abalanza mejor sobre él. En las 
diversas circunstancias de la vida, él nunca 
espera á la adversidad: la victoria es su 
inspiración ; la confianza en sí mismo, su 
fuerza moral. 

En esos momentos de terrible especta- 
ción, él no titubeó : ocupó la casa de La Pa- 



— 43 — 

rada, con el fin de hacer frente á las fuer- 
zas de San Cristóbal, y ordenó á la van- 
guardia y al primer Batallón que conti- 
nuasen la marcha. 

Al frente de ellos iba un grupo de ofi- 
ciales de valor indómito : eran el Lañes, 
Ney, Soult, Massena y Murat del Bonapar- 
te venezolano: Kégulo Olivares, Jefe de la 
vanguardia, José Antonio Dávila, los Cár- 
denas, Castros, Rodríguez, Colmenares P., 
Bello, Aníbal Gómez y muchos más, tan 
esforzados como pundonorosos, aun en los 
riesgos más inminentes. 

El enemigo, que venía arma en balanza, 
se abrió en disposición de combate al verse 
atacado donde menos lo esperaba. Los fue- 
gos se encendieron : las descargas se multi- 
plicaron : la luz de la pólvora iluminó el 
horizonte. Ya no se oye sino un ruido pro- 
longado y siniestro. 

De pronto, las fuerzas revolucionarias 
avanzan sable en mano: aquellas dos masas 
se encuentran: se oye un rumor huracánico 
y terrible: son dos avalanchas que rodando 
hacia un mismo abismo se encuentran y 
se dinamizan: son dos ciclones, que impul- 
sados uno contra otro, se confunden en 
explosión de luz y con estrépito espantoso: 
son dos océanos que rompiendo un itsmo, 
se chocan entre sí, asordando el espacio 
con su estruendo volcánico y aciago. 

Allí se recordaron las famosas cargas que 
á lanza y á pica dieron las huestes caste- 



— 44 — 

llanas contra los árabes almohades en las 
sangrientas Navas de Tolosa; los combates 
del Cid Campeador, cuando al frente de los 
suyos y blandiendo en la diestra su acerada 
tizona, se abalanzaba sobre las turbas mo- 
ras, dejando arrasado el campo enemigo, 
como la era de trigo después que ha pasado 
la hoz del segador. 

En esa confusión, hubo combates singu- 
lares, como á las orillas del Lago Regilo 
ó en los campos de Crecy; y obscuros sol- 
dados llevaron el sable sobre la frente de 
Jefes enemigos, para dejarles allí, en cica- 
triz imborrable, los caracteres con que es- 
cribe el odio las inspiraciones de su crueldad. 

A las siete de la noche sólo se oían los 
últimos disparos, los gritos de ¡Viva Castro! 
¡ Viva la Restauración! ', el ay prolongado y 
triste de los heridos y el eco de tanto ruido 
que aún repercutía debilitado y confuso 
en las combas de las montañas y en las 
quiebras de las colinas. 

El General Castro había estado durante 
todo el combate nervioso y convulsivo, li- 
brando las órdenes más terminantes, fati- 
gando á su corneta con el no interrumpido 
toque de carga, y moviéndose — como un 
cuerpo imanado — en todas direcciones, cual 
si hubiese querido hacer á un mismo tiem- 
po acto de presencia entre las fuerzas que 
combatían y las que á sus inmediatas ór- 
denes esperaban también el momento de 
disparar. 



— 45 — 

De pronto empiezan á llegar vencedores, 
trayendo la nueva de la victoria. El ene- 
migo había sido completamente destrozado. 
El General Sarria estaba herido y preso; el 
General Cuberos, muerto bizarramente en 
el campo de batalla ; la dispersión de los 
vencidos era absoluta, y al huir, habían de- 
jado todas sus armas, bagajes, municiones 
y banderas. 

Sólo una voz lúgubre y dolorosa se oye 
en medio del entusiasmo del triunfo: una 
herida mortal había postrado en tierra al 
héroe de la acción, al bizarro Jefe de la 
vanguardia, al valiente Coronel Régulo Oli- 
vares, á quien el General Castro condecoró 
con las charreteras de General cuando no 
se habían disipado todavía, ni el humo de 
los fusiles, ni el alborozo de la victoria. 



Durante el reinado de Luis XIV, el arte 
militar hizo en Francia notables progresos. 

Guerreros famosos, Conde, Catinat, Luxem- 
burgo, Vendóme, Louvois y otros, llevaron 
victoriosas las armas francesas por todos 
los ámbitos de Europa. 

Pero entre las muchas campañas, cuyos 
detalles recogió cuidadosamente la Historia, 
hay una que mereció los elogios de Fede- 



- 46 - 

rico el Grande, y el aplauso del mismo Na- 
poleón. 

Francia veía con envidiosa mirada el 
gran desenvolvimiento marítimo é indus- 
trial de Holanda. Sus celos crecían diaria- 
mente, y al fin, el orgullo del poderoso 
monarca resolvió ponerles cortapisa. 

Por segunda vez declaró la guerra á aquel 
industrioso País. 

Una coalición se formó inmediatamente 
contra el gran Rey: todas las fronteras de 
Francia se vieron amenazadas, y aquél or- 
denó á sus valientes Mariscales salir en de- 
fensa del territorio nacional. 

Sesenta mil coaligados, á las órdenes del 
denodado guerrero Montecúculi, invadieron 
la Alsacia, y pusieron por un momento al 
País en espectación. 

El Vizconde de Turena parte hacia allá 
con veinticinco mil soldados. Eran los úl- 
timos meses de 1674. 

Ante la superioridad del ejército enemi- 
go, Turena no se decidió á combatir, y 
repasó los Vosges, y vino á replegarse en 
la Lorena, á fin de esperar allí el momento 
oportuno para iniciar una campaña en que 
la estrategia equilibrase á las fuerzas del 
enemigo, en que el talento militar venciese 
á los cañones de su adversario. 

Llegó entre tanto el invierno. Las mon- 
tañas se cubrieron de nieve, los ríos se 
helaron y la escarcha vistió con sus precio- 
sas galas los campos y los valles. 



— 47 — 

Montecúculi, seguro por el auxilio de la 
naturaleza contra todo ataque, dispersó sus 
tropas para ir á buscar cuarteles de invierno. 

Era lo que esperaba el General francés. 
Rápidamente reúne sus ejércitos, y al través 
de los hielos y las nieves, desciende a lo 
largo déla cadena de los Vosges, que disimu- 
la sus pasos, llega al desfiladero de Belfort, 
franquea las montañas, cambia brusca- 
mente de frente, y extiende su línea de 
estrategia á la izquierda del Rhin, pasando 
por Mulhouse, Colmar, Schelestad y Stras- 
bourg. 

El enemigo se queda estupefacto. La gen- 
te está regada al norte y al sur : órdenes 
violentas son trasmitidas ; se requieren pre- 
cipitadamente las armas, y cuando se pien- 
sa en la concentración, se ve que están 
divididos por la admirable disposición del 
adversario. 

Turena espera tranquilo. Ha estableci- 
do una línea recta, y desde ella atenderá 
fácilmente á la gran curva en que habrán 
de moverse los coaligados. 

Suena la hora de la lucha, y el éxito 
empieza. El 29 de Diciembre bate á unos 
en Mulhouse, el o de Febrero destroza á 
otros en Turkheim; y el 11 de Enero si- 
guiente acaba de arrojarlos más allá de 
las riberas del Rhin, diezmados y todavía 
palidecidos de estupor. 

Las noticias de estos triunfos fueron re- 
cibidas en toda Francia con insólito al- 



- 4 8 - 

borozo. El nombre de Turena recorría toda 
la Europa en alas de la fama, y á su re- 
greso á París, era saludado en el camino 
aun por aldeanos que venían de diez le- 
guas de distancia tan sólo para verle. La 
Capital le honró con arcos de triunfo, las 
damas con coronas, el rey con su cordial 
admiración 

Hé aquí una campaña soberbia, en cu- 
yos movimientos estratégicos están mode- 
lados los que realizó el General Castro en 
El Táchira, del veintisiete de mayo en 
adelante. 

Al día siguiente del triunfo en Las Pi- 
las, se retiró á Táriba á organizar su ejér- 
cito, y á abrir planes para la prosecución 
de la guerra. Desde luego, fuerzas de su 
mando ocuparon los puntos dominantes de 
San Cristóbal, para imponer el rendimien- 
to de la ciudad. 

En Táriba, el ejército recibió en sus filas, 
con las mayores efusiones de regocijo, al 
sereno General Joaquíu Garrido, que en- 
tusiasmado con los ideales de la Restau- 
ración, quiso retornar á los campamentos 
para reverdecer los laureles segados con su 
indómito valor en los días bellos de la 
juventud ; á Guillermo Aranguren, que con 
su impavidez proverbial siempre supo le- 
vantarse por sobre las amenazas del pe- 
ligro, y á Emilio Fernández, cuyo nom- 
bre voló en alas de la Fama después del 
Zumbador, y cuya valentía quedó con- 



— 49 — 

sagrada con su propia sangre en el sitio im- 
mortal de Tocuyito. 

Allí también, para el caso de que la 
campaña del Táchira se prolongase, el Ge- 
neral Castro concibió la feliz idea de si- 
tuarse en una línea dominante y estraté- 
gica, desde la cual pudiese atender á las 
fuerzas que el Gobierno Nacional mandase 
por Colón, y á las que el Gobierno del 
Estado enviase por el camino de La Grita, 
á la vez que pudiese tener de frente y aco- 
sadas, á las fuerzas de San Cristóbal : nin- 
guna línea mejor que la trazada entre 
Táriba, Palmira, Mochileros y Borotá. Esa 
debía ser la base de sus nuevas opera- 
ciones, y el pedestal en que levantase su 
figura de guerrero, el nuevo Turena de las 
armas venezolanas. 

Sus presentimientos se verificaron, y el 
plan ideado tuvo toda la fuerza de su con- 
cepción. , 

Pocos días habían trascurrido, cuando un 
posta le anunció la aproximación del Ge- 
neral Morales al frente de mil quinientos 
soldados. 

Previsivo el General Castro, con ante- 
lación había mandado, á las órdenes del 
General Froilán Prato, una parte de sus 
fuerzas para que, unidas á las que coman- 
daba en Tovar el General José María Mén- 
dez, hiciesen frente á las que pudiesen ve- 
nir de Mérida; pero desafortunadamente, 
después de seis horas de pelea en El Ta- 



— 5° — 

bacal, hubieron de retirarse, abrumadas 
ante la superioridad del número. 

Esta noticia no alteró la serenidad del 
Guerrero afortunado. 

El, en los reveses de sus subalternos, 
cobra más energías, como Anteo cuando 
caía á tierra. En las circunstancias difí- 
ciles, es donde multiplica los recursos de 
su ingenio. Se goza en las tempestades 
de la vida como el alcatraz en las tor- 
mentas oceánicas; y de él pudiera decirse, 
lo que decían de Luis XIV sus mismos 
enemigos : « Tiene una fuerza de alma que 
le hace esperar aun contra toda espe- 
ranza ». 

Su ejército subía ya á más de dos mil 
hombres, que obedecían sus mandatos tan 
ciegamente como los compañeros del Viejo 
de la Montaña. Confiado en ello, estrechó 
más el sitio de San Cristóbal para im- 
pedir toda comunicación con los sitiados, 
dejó al General Gómez al frente de las 
fuerzas restantes en Táriba, y con setecien- 
tos soldados, en el secreto más absoluto, salió 
al encuentro del General Morales. 

Era necesario elegir un sitio de pelea, 
y esta sola elección fué el principio de la 
victoria. 

Las hondonadas de La Raya son pun- 
tos formidables para detener con poca gente 
á un gran ejército ; pero esa misma cir- 
custancia podía prolongar el combate dos 
y tres días, y el General Castro no tenía 



— 5i — 

pertrechos sino para corto tiempo. Además, 
él iba al combate con gente acostumbra- 
da á las grandes cargas con bocas de fue- 
go ó con arma blanca, y en aquellos es- 
carpios, el espacio es estrecho y las quiebras 
del terreno impropias para obrar. Por eso 
eligió El Zumbador. 

Es éste un llano, una altiplanicie, situa- 
da á 2,100 metros de elevación sobre el 
nivel del mar, fría como los páramos, don- 
de no hay ni una mata de monte que 
sirva de resguardo, ni una quebradura de 
la tierra que facilite improvisado atrinche- 
ramiento. Al pie de ella, al punto deno- 
minado «El Palmara, llegó el ejército re- 
volucionario en la tarde del 9 de Junio, 
en momentos en que también llegaban allí 
las fuerzas de los Generales Prato y Méndez. 

El diez trascurrió sin novedad. 

Ciento cincuenta hombres, extendidos de 
uno en uno á lo largo del camino, desde 
el campamento revolucionario hasta el bor- 
de de la llanura que mira hacia El Co- 
bre, daban cuenta, pasándose la palabra, de 
lo que ocurría en aquella región. 

El once, á las siete antes meridiem, se 
anunció que el ejército enemigo se aproxi- 
maba. 

El General Castro dejó que ocupase El 
Zumbador, para que fuera ése el teatro 
de la lid ; y luego, despertando el entu- 
siasmo de sus soldados con palabras bri- 
llantes y con promesas de triunfo, se puso 



— 52 — 

al frente del Batallón Bolívar, y empezó 
á trepar el primero, lá cuesta que conduce 
á la planicie. 

Esta acción, de verdadera valentía, cauti- 
vó al ejército maravillosamente. 

Así lo habían hecho ya, en momentos des- 
esperanzados y terribles, valerosos y distin- 
guidos militares. 

En la batalla de Fribourg, viendo Conde 
que sus soldados flaqueaban, lanzó su bas- 
tón de oro á las filas enemigas, y puesto 
al frente de un regimiento, exitó á sus su- 
balternos para ir a reconquistarlo, y avanzó 
alborozado entre una lluvia de fuego has- 
ta obtener la dispersión de su contrario. 

La batalla de Steinkerque estaba ya 
perdida para los franceses, cuando Luxem- 
burgo, por una inspiración del momento, 
cambió la disposición de sus fuerzas, res- 
tableció el combate, cargó tres veces á la 
cabeza de su caballería y alcanzó la más 
espléndida victoria. 

Y célebre es la osadía de Bonaparte, 
cuando puesto al frente de sus famosos 
granaderos, avanzó entre, un granizo de 
balas, sobre el puente de Lodi, y después 
de largas horas de una lucha titánica y 
espantosa, echó de allí por impulso de la 
fuerza á doce mil infantes y cuatro mil 
ginetes austríacos; y sabido es que la au- 
dacia y el genio desplegados ese día, fué 
lo que impuso su superioridad sobre aquel 
ejército de veteranos que, al contemplarle 



— 53 — 

imberbe todavía, y con la frente aureolada 
por los resplandores juveniles de los vein- 
tiséis años, se habían considerado ofendidos 
al recibirle como su Jefe. 

Pocos minutos duró la ascensión de la 
cuesta, y al salir al borde de la planicie, una 
descarga de maussers que ensordeció el es- 
pacio, fué el saludo con que le recibió aquel 
enemigo poderoso que esperaba conquistar 
ese día una palma vencedora, y sepultar 
en una sola batalla aquella Revolución 
que, en la cuna todavía, ya intranquilizaba 
la serenidad de la República. 

El General Castro continuó impertérrito 
sobre el humo de los disparos, y ya en 
la cima de la cuesta, su espada centellan- 
te dio la orden de ¡ fuego !, y empezó aque- 
lla lucha de Téseos, que constituye una de 
las batallas clásicas de Venezuela, porten- 
tosa como la segunda de Carabobo, terri- 
ble como la de San Mateo, y de conse- 
cuencias tan valiosas para la Revolución, 
como las Queseras del Medio — el año 19 — 
para la causa de la Patria. 

El ejército enemigo había ocupado toda 
la llanura de El Zumbador, dividido en 
centro y ala derecha, que estaban en el 
plan, y ala izquierda, que había descen- 
dido hasta la hondonada de Los Murtos, 
para practicar un ataque por retaguardia, 
el cual no se verificó. 

Esta disposición del combate era la más 
apropiada en aquel terreno. El General 



— 54 — 

Morales, con prósperas ó adversas fortu- 
nas, ha encanecido en los campos de ba- 
talla; es de un valor personal indiscuti- 
ble y sereno hasta entre las humaredas 
de la pólvora y los relámpagos de la fu- 
silería inclinada sobre so pecho. Su ejér- 
cito estaba lucidamente armado, llevaba 
ochenta cargas de parque y le acompaña- 
ban como subalternos Generales distingui- 
dos como Carlos Silverio y Julio Bello; 
Santiago Sánchez, Juan Moran y Juan Ra- 
món León. Pero en este día, de supremas 
decisiones para la política del Estado, la 
suerte abandonó los palacios del Gobier- 
no y fué á plantarse bajo las tiendas de 
campaña de los soldados de la Restau- 
ración. 

Rotos los fuegos por las fuerzas gobier- 
nistas en la cima de la cuesta de El Pal- 
mar, se estableció allí una lucha he- 
roica, que dejó el suelo cubierto de ca- 
dáveres; pero el irresistible empuje de la 
Revolución arrolló la onda enemiga, do- 
minó la parte occidental de la llanura y 
permitió abrir operaciones en armonía con 
el plan desplegado por el adversario. 

El Batallón Bolívar, comandado por el 
impertérrito Miguelón, se tiende hacia la 
izquierda, y el Junín, á cuyo frente van 
Aranguren y Fernández, continúa abrién- 
dose brecha por el centro. 

Las cornetas enemigas tocan fuego á pie 
firme: aquella masa de soldados se ha con- 



— 55 — 

vertido en una especie de trinchera: sus 
maussers de repetición disparan como si 
fuese una batería: se oye un solo ruido 
cuyo eco se propaga estruendoroso en las 
montañas del redor: el General Morales 
hace esfuerzos inauditos: sus oficiales lo se- 
cundan con denodada actividad ; pero hay 
una fuerza impetuosísima, que, semejante 
á una ola gigantesca, viene arrollándolo 
todo en aquel proceloso océano de muerte. 

Es el empuje de un ejército de conven- 
cidos, que, sugestionados por un hombre 
superior, van en pos del triunfo, como los 
cuerpos en pos de su centro, como e] to- 
rrentoso río en pos del mar. Cada com- 
pañero que cae exalta su furor, y el ca- 
dáver de cada amigo muerto, centuplica 
su bravura y siembra en sus corazones el 
ardor de la venganza. 

En tanto el General Castro, á caballo 
en su brioso corcel, recorre las filas, elec- 
trizado por el fluido nervioso que la pa- 
sión desarrolla en su organismo. Comu- 
nica órdenes en una parte, exalta el en- 
tusiasmo en otra, refuerza los puntos que 
supone débiles, observa los movimientos 
del enemigo y fatiga á sus cornetas to- 
cando carga, y carga y carga sin cesar. 

De pronto se presenta en el Estado Ma- 
yor, jadeante y fatigado, un ginete de cor- 
pulenta figura, ennegrecido por el humo 
y transfigurado por la pasión : es Miguel 
Contreras. 



- 56 - 

General, exclama, tengo todo el enemigo 
encima; espero sus órdenes. 

Coronel Contreras } le dice el General Cas- 
tro; usted tiene su puesto; si tiene miedo 
quédese. 

Y aquel hombre singular, aquel Hér- 
cules capaz de repetir las doce empresas 
del tebano, regresa á sus filas como una 
flecha disparada por el arquero, é incita 
á una carga titánica como para cica- 
trizar la herida que le ha causado la pa- 
labra acerada de su Jefe; pero detrás de 
él va también á reforzarle el Batallón Ju- 
nírí, el cual desfila á la izquierda para 
dar paso al Batallón Libertador, que cie- 
rra por el centro y la derecha. 

Esta nueva disposición del combate, avi- 
va los fuegos de uno y otro lado, de ma- 
nera portentosa. Con el Libertador ha 
entrado en acción Pedro María Cárdenas, 
rodeado de un grupo de oficiales impe- 
tuosísimos, que aspiran á decidir la bata- 
lla en un choque de minutos. Aquel cho- 
que es espantoso : es Desaix en Marengo, 
ganando una batalla que ha prometido á 
su General ; es Ney en Moscowa, conquis- 
tando su diadema de Príncipe en el an- 
tro pavoroso de la muerte ; son las deses- 
peradas cargas de Waterlow con que los 
soldados del Imperio esperan salvar á su 
Monarca ó morir, antes que verlo enca- 
denado y conducido por sus enemigos á 
las obscuridades luctuosas de fúnebre prisión. 



— 57 — 

Diezmado el Batallón Libertador por 
los fuegos enemigos, el General Castro or- 
dena avanzar dos compañías del Tovar, 
y una del Bravos del Táchira. Estos van 
apenas armados de peinillas y malos fu- 
siles, y al pasar por junto al Jefe, le pi- 
den maussers. 

Los maussers los tiene el enemigo, les con- 
testa el General Castro. A la carga, á la 
carga. Un esfuerzo tan sólo y el triunfo es 
nuestro. 

Aquellos soldados se lanzan como rayos, 
refuerzan poderosamente al Libertador, y 
arrollan una y otra vez á aquel adver- 
sario poderoso, que ha venido cediendo 
terreno, pero después de defendido con 
heroísmo sin igual. 

Ya la llanura de El Zumbador va á 
estar conquistada. Las fuerzas del Gobier- 
no están reducidas al Alto de la Cruz. 
Sus esfuerzos se pierden en el vacío. Lu- 
chan con bravura, pero todo es en vano. 
La desesperanza se cierne sobre ellos como 
un sol pálido de invierno, que ilumina sus 
últimos instantes. 

En ese momento, concurren á un mismo 
punto todas las fuerzas de la Revolución 
que obraban por el centro y alas. El ins- 
tante es supremo. El combate toma las 
proporciones de una batalla mitológica. 
Sólo se oye una descarga continua. Los 
soldados del Gobierno han desplegado las 
fuerzas de todo ser que se revela á su- 



- 53 - 

cumbir. Los otros sienten el entusiasmo 
sublime con que se da el último paso para 
coronar toda empresa. 

El General Castro, que contempla feliz 
el éxito de su obra, lanza el Escuadrón 
de reserva, y aquellos ginetes cortan el 
viento como los antiguos Númidas, llegan 
al sitio del combate en el momento en 
que el enemigo se declara en derrota, y 
siguen en una persecución activa hasta 
arrojarlo en siniestra confusión por los ca- 
minos, atajos y laderas que caen á la es- 
planada de El Cobre. 

Los gritos de triunfo repercuten en toda 
la llanura de El Zumbador; el alborozo 
produce gesticulaciones convulsivas y pa- 
labras incongruentes en aquellos esforza- 
dos vencedores ; mil vivas al invicto Cas- 
tro ensordecen la extensión, y sólo inte- 
rrumpen las expansivas efusiones del pla- 
cer, el ay doloroso de los heridos, el es- 
pectáculo tristísimo de los cadáveres y el 
sensible fallecimiento de oficiales distin- 
guidos y denodados, que, al caer inertes, 
han llevado el luto y la desolación al pe- 
cho de Jefes importantísimos de la glo- 
riosa Causa. 

El General Castro, erguido en los estri- 
bos de su montura, se dirige al ejército 
con una de aquellas brillantes improvisa- 
ciones que tanto éxito producen en la hora 
de la oportunidad ; y luego, sobre un ca- 
jón de cápsulas vacío, escribe á los Ge- 



— 59 — 

nerales Gómez y Garrido, comunicándoles 
la fausta nueva. «Hoy es el día más me- 
morable para nuestra santa Causa, les di- 
ce : hemos obtenido en cuatro horas de 
combate el triunfo más espléndido que po- 
drán registrar los anales históricos. El ejér- 
cito que tengo el honor de comandar, es 
verdaderamente irresistible : son todos hé- 
roes!» 

Cuatrocientas bajas tuvieron en aquella 
batalla los dos ejércitos : quedaron prisio- 
neros los Generales Carlos Silverio, Juan 
E. León y Julio Bello : se recogieron nu- 
merosos maussers y varias cargas de per- 
trechos, y los libros del Estado Mayor y do- 
cumentos privados. 

Tal fué la batalla de El Zumbador, que 
entregó al General Castro la Cordillera, con- 
movió hondamente la República, y con los 
Jefes y soldados derrotados, llevó el pá- 
nico á todas las fuerzas en que después se 
incorporaron. 

El General José María Méndez, con la 
gente de su mando, continuó la persecu- 
ción del enemigo y la recolecta de armas 
abandonadas en los zarzales y á los lados 
del camino; y el General Castro regresó 
á Táriba para abrir operaciones en forma 
sobre la ciudad de San Cristóbal. 



6o 



VI 



Un accidente inesperado retardó los nue- 
vos planes durante varios días. 

La gran agitación del General Castro, 
en aquella baja temperatura de El Zum- 
bador, hubo de producirle una pulmonía 
que le llevó al lecho del sufrimiento ; pero 
apenas restablecido, y reorganizado su ejér- 
cito, dispuso la ocupación de San Cristó- 
bal por un asalto vigoroso y rápido, lle- 
vado á efecto al clarear los primeros albores 
del día. 

Para la época en que estalló la Revo- 
lución Restauradora, era Gobernador del 
Táchira el General Juan Pablo Peñaloza, 
quien comandaba a la vez las fuerzas si- 
tuadas en la Capital de la Sección. 

El General Peñaloza es un joven gue- 
rrero, dotado de talento militar, firmeza de 
carácter, valor y muy regulares conoci- 
mientos. Tenía en San Cristóbal cerca de 
quinientos hombres y un magnífico parque. 

Como la sorprendente actividad con que 
invadió el General Castro, no le permitió 
reunir las fuerzas con que podía contar 
en los Distritos, él hubo de permanecer en 
sus cuarteles, tanto para resguardar su 
cuantioso parque, como para sostenerse allí 
hasta que pudiera obtener el auxilio del 
Estado. 



6i 



A tal fin, dispuso fortificar la ciudad; 
y auxiliado por personas diestras, constru- 
yó unas trincheras formidables, verdade- 
ros acantilados marinos, hechos para resis- 
tir á todas las tormentas y oponerse al fu- 
ror de todos los oleajes. Allí permaneció, 
espada en mano, con una constancia nu- 
mantina, hasta que un día pudo salir, casi 
de entre escombros y ruinas, para merecer 
por su admirable resistencia el título de 
Palafox Venezolano con que le calificó el 
Jefe Supremo del País. 



VII 



Atacar sin artillería una ciudad fortifica- 
da es una empresa casi vana. 

Todos los publicistas militares, desde tiem- 
pos remotos, están de acuerdo con esta aser- 
ción. 

El que ataca tiene el peligro de ver su- 
cumbir su gente, sin que sus esfuerzos cau- 
sen estrago al enemigo. 

Por éso, los ataques y sitios á las ciu- 
dades, constituyen página célebre en la His- 
toria de la Guerra. 

Sin ir á los tiempos antiguos, que nos 
presentan á Troya sitiada durante diez años 
y atacada constantemente ; á Sagunto, que 
con su heroico valor embotó las armas de 
los asediadores y sólo abrió las puertas 



— 62 — 

cuando el fuego lo había devorado todo ; 
á Nurnancia, que durante muchos meses 
burló el genio de Escipión y el valor de 
sus ochenta mil romanos ; y á Tolosa, que 
resistió seis meses el poderoso esfuerzo 
de las legiones de Atila; en los tiem- 
pos modernos, Zaragoza se sostuvo victo- 
riosamente desde el 12 de Junio hasta el 
14 de Agosto de 1808 contra los diez y 
seis mil soldados vencedores en Marengo, 
Austerlitz y Jena, con que Lefebre quiso 
tener el orgullo de someter la ciudad; José 
Félix Rivas con setecientos hombres, en 
La Victoria, resiste á las numerosas fuer- 
zas de Morales, y luego lo ataca y lo de- 
rrota completamente, y Urdaneta, en el 
sitio inmortal de Valencia, se sostiene sie- 
te días con sólo doscientos ochenta solda- 
dos contra los cuatro mil que mandaba 
Ceballos, y luego, contra los seis mil que 
sumaron las fuerzas de éste y de Morales y 
Boves. 

La empresa que se prometía realizar el 
General Castro, tenía, pues, grandes y su- 
premas dificultades. Con todo, el primero 
de Julio, antes de que empezaran á cla- 
rear por el Oriente los primeros indecisos 
fulgores del alba, había ya acercado sus 
fuerzas á San Cristóbal y ordenado un 
asalto, tan bien dirigido y tan osado, que 
hubiera producido su efecto, á no ser por- 
que un disparo imprudente en las filas 
revolucionarias había alertado al enemigo 



_ 6 3 - 

soñoliento detrás de sus trincheras, y es- 
taba ya, fusil en mano, y dispuesto á com- 
batir. 

Frustrado este primer intento, el Gene- 
ral Castro ordenó penetrar por dentro de 
las casas, aspillerar las paredes y hacer 
fuego por allí para ir conquistando po- 
siciones al contrario. A la vez, se constru- 
yeron parapetos y barricadas en las calles, 
frente á las fortalezas principales, y con este 
recurso se fué ganando terreno y obligando 
al enemigo "á reconcentrarse poco á poco. 

En los días siguientes, se verificaron va- 
rios ataques vigorosísimos, ejecutados con 
valor heroico, y los cuales produjeron la 
posesión de nuevos baluartes, pero á costa 
de grandes y dolorosos sacrificios. 

Un ataque simultáneo por toda la cir- 
cunferencia, penetrando por los hogares del 
tránsito, rompiendo puertas y agujereando 
paredes, hubiera llevado á la Revolución 
en pocas horas á la plaza del parque; y 
un cerco estrecho, estableciendo bloqueo 
absoluto ala ciudad, hubiera arrancado en 
pocos días una capitulación ; pero se tra- 
taba de una ciudad querida, de una so- 
ciedad respetable y meritoria, y de una Re- 
volución que no venía á demoler sino á 
construir ; no á causar lágrimas y ruinas, 
sino á reivindicar derechos, á edificar obras, 
á cimentar garantías, y el General Castro 
no quiso ganar un triunfo contra sus no- 
bles y generosos sentimientos. 



6 4 



El día nueve, oficiosamente se presen- 
taron en el campamento revolucionario los 
ciudadanos colombianos Doctores Benjamín 
Euiz y Alejandro Isaza, pidiendo faculta- 
des para tratar con el General Peñaloza 
sobre la entrega de la plaza. A pesar de 
que ya la Revolución tenía en su poder 
más de la mitad de la ciudad, el Gene- 
ral Castro no pudo menos que acceder á 
tan generoso ofrecimiento, que podía evi- 
tar sacrificios inútiles, terminar aquella lu- 
cha en un abrazo de hidalguía venezolana 
y llevar la tranquilidad al seno de las fa- 
milias, á quienes ya empezaban á atormen- 
tar el espectro pavoroso del hambre y las 
enfermedades que son consiguientes á un 
sitio prolongado. 

El General Peñaloza recibió con placer 
la idea de la comisión, y pidió desde lue- 
go veinticuatro horas de tregua para deli- 
berar. 

No pensó él en suscribir una capitula- 
ción, sino en aprovechar la suspensión de 
hostilidades para informarse de si podía 
esperar auxilios del Gobierno Nacional, á 
fin de sostenerse en sus trincheras. Dos 
individuos, disfrazados, salieron del campa- 
mentó: para el caso afirmativo, debían po- 
nerle una banderola blanca en la cúspide 
de uno de los cerros cercanos. 

Terminada la tregua, el General Peña- 
loza pidió que se le prorrogase por un tiem- 
po igual ; y el once, a medio día, la ban- 



- 65 - 

dera blanca se izó en el sitio señalado ; 
y aquella gente, extenuada y decaída, cobró 
aliento, se llenó de entusiasmo y preparó 
nuevamente los fusiles para continuar sobre 
la arena del combate. 

El mismo día supo el General Castro 
que el Ministro de la Guerra, al frente de 
ocho mil soldados, salía por el camino de 
Colón ; y del mismo modo que Bonaparte 
cuando sitiaba á Mantua y tuvo conoci- 
miento de la aproximación de "Wurmser, 
suspendió también el asedio, y nuevamen- 
te fué á ocupar su admirable línea estra- 
tégica, situándose en las alturas de Mo- 
chilero y Borotá, desde donde podía aten- 
der á las operaciones del ejército nacional, 
á las fuerzas del General Peñaloza y á cua- 
lesquiera otras que viniesen por el camino 
de La Raya. 

La posesión de esta línea explica en 
mucho los éxitos de la campaña del Tá- 
chira. Ya ella había facilitado al General 
Castro mandar fuerzas para atacar á Sul- 
picio Gutiérrez, que salía con trescientos 
hombres por Encontrados, y el cual, re- 
chazado en aquellas montañas, hubo de re- 
troceder y reembarcarse para ganar el puer- 
to de La Ceiba. 

Doce días estuvo el ejército Restaurador 
frente á las fuerzas pretorianas, que, á pe- 
sar de su número, de sus cañones, de sus 
cuantiosos parques y de estar mandadas 
por cuarenta y dos Generales, hicieron alto 



66 



y frente y se estacionaron en Colón y sus 
cercanías. 

Durante este tiempo, cuerpos volantes de 
la Revolución, mandados expresamente, 
mantuvieron de día y de noche en alarma 
á aquel asustadizo adversario. 

Al fin, Fernández avanzó. El veinticua- 
tro por la tarde ocupó la población de Mi- 
chelena : el veinticinco se dio á descanso, 
y el veintiséis llegó á acercarse á una le- 
gua del campamento enemigo ; pero con 
sorpresa general, en la mañana del vein- 
tisiete, aquel inmenso ejército esquivó el 
combate y empezó á desfilar lentamente 
camino de San Cristóbal. 



VIII 



Para esta fecha, el ejército del General 
Castro constaba de dos mil hombres, y las 
fuerzas gobiernistas que actuaban en El Tá- 
chira alcanzaban á nueve mil; de modo 
que cada soldado revolucionario debía com- 
batir contra más de cuatro del Gobierno. 

Esto hizo creer aun á personas sensa- 
tas, que la Revolución Restauradora estaba 
al borde del sepulcro, y que el General 
Fernández sería el pacificador de Los An- 
des; pero los que tal creían, ignoraban 
que un verdadero militar vale por un ejér- 



6 7 



cito; que un cerebro que brote luz cons- 
tituye una energía superior á la de miles 
de brazos robustos y fuertes, y que la Vic- 
toria no es una ciega apasionada del nú- 
mero, sino del talento que crea, de aque- 
llas frentes aureoladas de resplandores, que 
alumbran las obscuridades de un campo de 
batalla, bien así como el astro-rey esclare- 
ce las sombras de los mundos y rasga y 
disipa las tinieblas de la noche de los 
cielos. 

Ignoraban que la Historia nos presenta 
á los grandes guerreros, luchando siempre 
y siempre venciendo con fuerzas inferiores á 
las del contrario. 

Alejandro, con sólo treinta y cinco mil 
soldados, se lanzó á las aguas del mar 
Archipiélago para ir á conquistar el gigan- 
tesco Imperio Persa; y el Gránico, Arbe- 
las é Ifisso atestiguan que su pretensión no 
fué una locura ; Aníbal invadió á Italia 
con noventa y cuatro mil cartagineses; 
pero al pie de los Alpes sólo tenía ya vein- 
ticuatro mil, cifra que hizo grabar en el tron- 
co de un abedul para trasmitirlo á la poste- 
ridad, y sin embargo del valor y núme- 
ro de aquellas legiones romanas, triunfó 
á las márgenes del Tesino, venció en Tre- 
bia, derrotó al Cónsul Flaminio en Trasi- 
meno, izó su estandarte vencedor en Canas, 
y vino á asomarse a la ciudad de las sie- 
te colinas, á la que sólo defendió de tan 
pesado yugo el Destino de los Pueblos; 



68 



Epaminondas sólo tenía en Leutres seis 
mil quinientos tebanos, y tan desastrosa 
fué la derrota de los lacedemonios, que 
hasta su rey Cleombroto quedó tendido 
en el campo de batalla; Carlos XII, rio 
sólo venció con fuerzas inferiores á dina- 
marqueses, rusos y polacos, sino lo que es 
más, lo que es una maravilla, cuando asi- 
lado en Turquía fueron tres mil hombres 
á prenderlo en su casa de Bender, él, con 
catorce criados, pudo derrotarlos y burlar- 
se de las órdenes del sanguinario Sultán ; 
y Bonaparte tuvo el orgullo de haber ga- 
nado sus grandes batallas campales con 
inferior número de fuerzas : en Marengo 
destruyó a cuarenta mil austríacos con 
veinte mil franceses ; en Arcóle tenía trein- 
ta y seis mil para oponerlos á sesenta mil 
del enemigo ; en Essling venció á noven- 
ta mil con la mitad de ese número de 
franceses ; y el sol de Austerlitz derramó 
su luz aquella mañana célebre sobre ochen- 
ta mil bonapartistas y ciento veinte mil ru- 
sos y austríacos. 

Y no se diga que la sugestión ejercida 
por el jefe sobre los soldados, es la causa 
de tan gloriosos triunfos. La Historia tiene 
ejemplos que comprueban lo contrario. 

Un dia, el gran Epaminondas fué ca- 
lumniado ante el pueblo, su nombre borra- 
do de la lista de los jefes, y enviado como 
simple soldado á la guerra de Tesalia. El 
ilustre guerrero se inclinó ante el manda- 



- 6 9 - 

to de la ley, y ocultando su personalidad, 
fué á confundirse entre la obscura turba 
de la soldadesca. Llega el momento de la 
batalla, empéñase la lucha con obstina- 
ción, se hacen esfuerzos inauditos, y la de- 
rrota sin embargo empieza á declararse. 
En ese momento el ilustre tebano se ier- 
gue, habla al ejército, lo detiene, cambia 
la disposición de la batalla, y la Victoria 
se vuelve hacia ellos y los corona con el 
laurel del triunfo. Al fijarse, luego, en aquel 
militar improvisado, se reconoció en él al 
hombre extraordinario con quien Tebas 
surgió al zenit y cuyo poderío se extinguió 
también con la muerte del héroe afortunado. 

Sí, el talento y el genio son innegables. 
En todas las faces de la actividad huma- 
na, hay inteligencias superiores que ven 
más y ejecutan mejor. La humanidad, como 
los ejércitos, tiene jefes que guían, y tur- 
bas que obedecen. Será una desigualdad 
dolorosa, pero es una desigualdad efectiva. 

He aquí por qué el pequeño ejército res- 
taurador podía presentarse sin temores ante 
las fuerzas de Fernández, y podía aspirar 
también á que le sonriera la Victoria. 



IX 



En la mañana del veintisiete, el ejército 
nacional levantó sus tiendas, y, cauteloso 
y prevenido, continuó marcha lenta y on- 



— 7o — 

dula d amenté, buscando siempre los cami- 
nos que más le ocultaban de las miradas 
de su contrario. 

El General Castro, que rápidamente pe- 
netró los planes de aquél, y ayudado por 
su poderosa línea de defensa que le permite 
evolucionar hacia cualquier lado, alza sus 
fuerzas y en marcha vertiginosa, va á cor- 
tarlo en la explanada de Cordero. 

El sol empezaba á retirarse del zenit para 
descender al ocaso: el día estaba rápido y 
sereno: las sencillas gentes de aquella al- 
dea, no se imaginaban siquiera la tempes- 
tad que á poco estallaría en su suelo, y 
tranquilas y serenas veíanse en los flancos 
de las colinas presenciando las evoluciones 
del ejército. 

El valeroso Batallón Junín ocupó posi- 
ciones avanzadas en los cafetales de las 
vegas; el General José Antonio Dávila, con 
su Batallón, se situó en la cuesta de Ca- 
llejón Colorado, para esperar las fuerzas 
del General Peñaloza, caso de que concu- 
rrieran al combate; el resto del ejército 
ocupó las posiciones más convenientes en 
distintos puntos, y el General Castro diri- 
gía las operaciones desde la población de 
Cordero, la cual al día siguiente fué blanco 
de la artillería enemiga. 

Venía por el Camino Nacional, arma en 
balanza, la División Carabobo del Gobierno, 
cuando los Generales Aranguren y Emilio 
Fernández, Jefes dei Junín, rompieron los 



— 7i — 

fuegos, cofi tal vigor y denuedo, que en 
pocos minutos aquella División de mil 
trescientos hombres quedaba reducida á 
pocas guerrillas, que huían aterrorizadas 
de aquel teatro de destrucción y muerte. 

Otra División entró en lucha, y el com- 
bate se generalizó en casi toda la línea de 
batalla. La artillería de Fernández asor- 
daba el espacio con sus estruendos de tem- 
pestad; aquellas descargas de maussers de 
repetición semejaban verdaderas baterías, 
iluminando el horizonte obscurecido por el 
humo de la pólvora; pero aquellos solda- 
dos tachirenses, que por primera vez oían 
el estampido del cañón y veían estallar 
en torno suyo proyectiles inflamados; ebrios 
de entusiasmo, enfurecidos por el valor in- 
dómito, avanzaban sobre el enemigo con 
impetuosidad insólita, lo arrancaban de sus 
atrincheramientos, y sonreían luego al verle 
huir á resguardarse en la masa general 
del ejército. Aún se recuerdan con horror 
las cargas formidables que repetidas veces 
dio el imponderable Miguelón, hasta lle- 
gar á pocos pasos del parque enemigo, y 
del Estado Mayor, que hubo de rodearse 
de bayonetas como un erizo á quien ame- 
naza el cazador. 

Los esfuerzos que se hicieron esa tarde 
son increíbles : las huestes españolas no pe- 
learon mejor en San Quintín, ni los sol- 
dados franceses dieron cargas más vigoro- 
sas en la toma del puente de Arcóle, ó en 



— 72 — 

el ataque á Mont-Saint-Jean el pavoroso 
día de Waterloo. El General Castro cen- 
tuplicaba sus energías y sus talentos: todo 
lo adivinaba y todo lo suplía con actividad 
suprema: sus ayudantes volaban comuni- 
cando órdenes; las cornetas tocaban carga 
por todas partes; se atendía oportunamente 
á reforzar los puntos débiles; se ocupaban 
las posiciones en que podía parapetarse el 
enemigo; se recogían las conchas de cáp- 
sulas para reponerlas, y se dirigían combi- 
naciones acertadas para ver de apresarle 
el parque al enemigo; pero era tanta la 
gente contra la cual se luchaba; tanta la 
lluvia de balas que salía sin interrupción 
de segundos de aquellas armas de repeti- 
ción, y tan impropia la rasgadura del te- 
rreno para adoptar una táctica que diese 
por resultado la destrucción del enemigo, 
que la lucha se hacía casi vana y los es- 
fuerzos resultaban casi perdidos. 

Todavía á las ocho de la noche aquel 
campo semejaba un volcán en explosión, 
lanzando columnas de fuego que esclare- 
cían las montañas cercanas, y rugidos oceá- 
nicos, que iban llevando el pavor á todas 
las comarcas vecinas. 

Por fin, los fuegos cesaron. Los ejércitos 
permanecieron en sus respectivas posicio- 
nes. La noche extendió su velo funeral, y 
sólo se oyeron en el campo de batalla los 
ayes de los heridos, los estertores de los 
agonizantes y la caída de los arbustos y 



— 73 — 

de las ramas de los árboles que el piorno 
había dejado casi tronchadas. 

Empezaban á despuntar por el Oriente 
los primeros hilos de oro del alba, cuando 
aquellos ejércitos semejantes á dos drago- 
nes inmensos, se lanzaron de nuevo los pri- 
meros insultos, á los cuales siguieron las 
descargas, y la batalla se estableció nue- 
vamente con toda la bravura del día an- 
terior. El enemigo perdía sus posiciones, 
pero al punto se hacía fuerte en otras; y 
la mayor ventaja que se obtenía era la 
deserción de las filas gobiernistas, deser- 
ción tan espantosa que compañías enteras 
arrojaban sus maussers y partían al través 
de las montañas. 

En los parajes conquistados, las fuerzas 
restauradoras recogieron numerosas armas 
y cápsulas; pero se hizo imposible cautivar 
la artillería, porque una previsión acerta- 
da, la hizo montar en los picos de los co- 
llados que se ierguen en derredor. 

La batalla continuó todo el día. Son in- 
numerables los rasgos de heroísmo de que 
se dio ejemplo. Allí se derrochó el valor, 
se hizo gala de serenidad de espíritu, se 
jugó con la muerte. 

Soldados obscuros, que sólo habían em- 
puñado la escardilla ó la esteva del arado, 
y niños, en cuyos labios casi plateaba to- 
davía la leche maternal, daba gusto ver 
cómo danzaban en torno á las metrallas, 
y cómo más de una vez las arrojaron lejos, 



— 74 — 

antes de estallar, con un golpe formidable 
dado con la culata de sus mosquetes. 

Y era una gloria, ver á aquellos dos mil 
revolucionarios luchando con serenidad 
olímpica, entre un cerco de cañones y ba- 
yonetas, manejados por ocho mil vetera- 
nos de la Nación, y luchando con tal acier- 
to, que por cada baja suya se contaban diez 
del enemigo, y por cada disparo de sus fu- 
siles sonaban cien tiros del adversario. 

Ochenta mil cápsulas gastó el segundo 
día la sola división de Wiedman, en una 
aparatosa evolución que no le valió siquie- 
ra la conquista de una cuarta de te- 
rreno. 

Allí, en aquella apremiante situación, 
dio el General Castro muestras de sus al- 
tos talentos militares, no sólo sosteniendo 
sosegadamente una lucha tan desigual, sino 
obligando á cada momento á cambiar de 
táctica al enemigo, para ponerse á resguar- 
do de operaciones que amenazaban su se- 
guridad. 

En esta lidia, del talento y del valor, 
trascurrieron las horas del día. La noche 
desplegó sus alas de cuervo. Densos nuba- 
rrones se cernían sobre aquel cielo de las 
montañas. De pronto los fuegos se aviva- 
ron. El cañón multiplicó sus fragorosos 
estampidos : un semicírculo de luz parecía 
coronar las crestas de las colinas, y hubié- 
rase creído que el plan del Jefe gobiernis- 
ta en ese instante era incendiar la región, 



— 75 — 

ya que no podía triturar al enemigo bajo 
el duro peso de sus balas. 

Dos horas semejó el peristilo de Cordero 
un volcán en erupción. Sólo se oía un 
zumbido monótono y aciago, como si los 
senos de la tierra se hubiesen abierto y 
empezado á balancearse unos montes con- 
tra otros. 

Por fin cesó el fuego, y el silencio impo- 
nente de las sombras reinó en aquella ne- 
crópolis horrenda. 

Quinientos cadáveres del Gobierno y 
ochenta de la Revolución, quedaban ten- 
didos en ese suelo hasta entonces virgen 
de sangre humana, y sólo humedecido por 
la fecundante lluvia de los cielos y las go- 
tas de sudor de los honrados labradores. 

El combate no podía continuar allí al 
día siguiente. La Revolución había gasta- 
do todas sus cápsulas, y el sitio era asaz 
impropio para dar una carga al arma 
blanca. 

El General Castro hizo recoger sus heri- 
dos, y antes de que viniesen los primeros 
rayos de la aurora, ordenó desfilar al ejér- 
cito y fué á situarse no lejos, en la ex- 
planada de Caña Vieja y Liranzo, donde 
él podía desplegar su nueva táctica con 
probabilidades de destruir en pocas horas 
á aquellas fuerzas, ya diezmadas por la 
deserción y la muerte, y sobre todo, poseí- 
das del espectro blanco del terror. 

El General Fernández también modificó 



- 7 6 - 

sus planes en el decurso de la noche, ocu- 
pando mejores posiciones que las del día 
anterior; pero cuando la luz vino, se en- 
contró sólo, y rechazando el nuevo reto 
de su adversario, en vez de seguir marcha 
á San Cristóbal por el Camino Nacional, 
donde hubiera sido indudablemente ataca- 
do, desfiló por vía de Toico, para entrar 
á aquella ciudad por Pirineos. 

Esta batalla, que es una de las más no- 
tables que se registran en los Anales del 
Militarismo Venezolano, significó para el 
General Castro la mitad de su campaña 
en el País. En ella hizo más de cien pri- 
sioneros, entre oficiales y tropa, aumentó 
su ejército con las muchas guerrillas que 
se le pasaron, recogió numerosas armas de 
precisión, y, sobre todo, redujo á nada el 
mejor ejército del Gobierno, lanzó por toda 
la República su nombre triunfador, y con- 
solidó la fama de invencible, de que él 
mismo había hecho su gloria y su blasón. 

Después de esta batalla, la presencia del 
General Castro en el Táchira, estaba demás. 
Había terminado su primera jornada de 
una manera gloriosa; había cobrado fuer- 
zas de Titán para más altas y portentosas 
empresas. 

La Campaña del Táchira llamaba la aten- 
ción de los inteligentes. Había conducido 
la guerra con sorprendente actividad; y, 
erguido sobre el poderoso pedestal de una 
táctica invencible, había asombrado con 



— 77 — 

una serie de batallas que fueron una serie 
de victorias. 

Quedaba allí un ejército enemigo, es 
verdad; pero un ejército que se consumiría 
solo, un ejército que se disolvería, porque 
no tiene razón de ser uña agrupación de 
soldados, que, ó no concurren al combate, 
ó si concurren, es para comprobar en la lu- 
cha la desgracia de su impotencia. 

En la tarde del mismo día, el ejército 
restaurador se retiró á Capacho, donde es- 
peró cuatro días las evoluciones del ene- 
migo, y viéndolo el General Castro inmó- 
vil y aletargado, es un Aníbal en Capua, 
dijo; ya no me preocuparé más por él. 

Quedaba por realizar lo más atrevido de 
su Campaña: la invasión al Centro. Era 
necesario llevar la guerra á todo el País, 
para destruir la satrápica dominación que 
oprimía á la Patria, para reivindicar los 
fueros de la República, para reconquistar 
los derechos ciudadanos, para revivir el 
crédito de la Nación, para encarrilar á ésta 
por la senda de lia paz, del engrandeci- 
miento y de la gloria. 

Bonaparte, al emprender su Campaña de 
Italia, se había dirigido al ejército con esta 
halagadora alocución : 

«Soldados : Vosotros estáis mal vestidos y 
mal alimentados: se os debe mucho y nada 
seos puede pagar! Yo voy á conduci- 
ros á las más fértiles campiñas de la tierra. 
Ricas provincias, populosas ciudades caerán 



- 7 8 - 

en nuestro poder, y allí, tendréis riquezas, 
honores y gloria. Soldados de Italia, ¿os fal- 
tará el valor?» 

El General Castro, con una bandera más 
brillante, puesto que él no se prometía 
oprimir ciudadanos, ni conquistar provin- 
cias, hubo de restringirse á despertar el en- 
tusiasmo de sus soldados, y á excitarlos 
para ir á restaurar el imperio de la ley y 
los derechos de la ciudadanía, sin más lucro 
que el cumplimiento del deber, sin más re- 
compensa que el aplauso de los pueblos, 
sin más halago que la gratitud de sus com- 
patriotas y la justicia postuma de la His- 
toria. 

Aquel ejército de valientes, alborozado 
con las palabras de su ilustre Jefe, no tem- 
bló ante la magnitud de la proyectada em- 
presa, y unánimemente juró seguirle, con 
decisión y firmeza de alma, en tanto que 
marcharan siempre bajo las inspiraciones 
del bien y por el ancho y recto camino de 
la justicia y del honor. 

Era un sacrificio inmenso; pero ante el 
llamato de la Patria no hay sacrificio ex- 
cusable para los corazones dignos. 

Quedaba el hogar abandonado, triste la 
esposa, huérfanos los hijos, silenciosa la 
era, inculta la labranza; pero se iba á con- 
quistar el triunfo de una idea, que en el 
camino del derecho es una redención, como 
en el de la verdad, es una gloria. 

Un ideal es un sol en los cielos del alma. 



— 79 ~ 

Pueblos sin ideales están muertos, ó su- 
fren de atrofia moral. 

Abrid paso á los convencidos, que sólo de 
ellos es la victoria. 



SEGUNDA PARTE 



SEGUNDA PARTE 



INVASIÓN -A. H. CENTRO 



Invadir á un país en son de conquista, 
ó para derrocar á un gobierno é imponer 
un nuevo ideal político, es una de las 
empresas militares más peligrosas. 

La historia de las invasiones militares, 
es casi la historia de la soberbia casti- 
gada. 

Muchos genios superiores han colmado 
sus deseos, ciñendo á la sien la corona 
del triunfo; pero son más los que han 
fracasado en la realización de sus aspira- 
ciones. 



- 8 4 - 

Jerjes, el soberbio Jerjes, invadió un 
día a Grecia con un millón de soldados 
y mil doscientos buques; pero la pequeña 
patria de Milcíades y Perícles, apercibida 
para la lucha, llenó de asombro al inva- 
sor en el Paso de las Termopilas, destro- 
zó su escuadra en Salamina, derrotó sus 
soldados en Platea y flageló duramente á 
los fugitivos en el promontorio de Mí- 
cale. 

Aníbal, uno de los mayores genios mi- 
litares de la antigüedad, invade á Roma 
con un ejército acostumbrado á llevar la 
victoria en las puntas de sus lanzas; sor- 
prende al mundo con el atrevido paso de 
los Alpes, se enorgullece con cuatro triun- 
fos portentosos, y llega á creerse por un 
momento el dominador de los dominado- 
res de la tierra ; pero Roma, con una cons- 
tancia heroica, arma todo su pueblo, ven- 
de la tierra ocupada por el enemigo para 
evidenciar su fe en el éxito ; ordena á 
Escipión que lleve la guerra á Cartago, 
y el invasor huye de Italia, y es venci- 
do en Zama, y la orgullosa tierra de su 
cuna firma la paz, paga una inmensa con- 
tribución, entrega sus buques, da sus ele- 
fantes y se obliga á no declarar guerra 
á país alguno sin el consentimiento de 
Roma. 

Pirro deja un día su ostentosa Corte, y 
para auxiliar á los Tarentinos contra los 
Romanos, se viene á Italia con numero- 



— -85 - 

sas fuerzas: triunfa en los campos de He- 
raclea y luego en las llanuras de Ascu- 
lum ; pero son tantas. sus bajas en es- 
ta última acción, que retrocede á su tie- 
rra con los soldados que le quedan, antes 
de que otro triunfo igual lo obligue á re- 
gresar sin nada, como él mismo exclamó. 

Doscientos mil soldados lleva Bonapar- 
te á España, con Generales tan distingui- 
dos como .Dupont, Moncey, Duhesme; en- 
ciende la guerra por todo el país ; donde 
él está, la victoria le acompaña ; pero aten- 
ciones preferentes lo llaman al norte, y 
apenas sale, aquel trono francés levanta- 
do en la Península cae, y aquellos Ma- 
riscales son sucesivamente derrotados, y 
aquel inmenso ejército, diezmado y heri- 
do, tiene que repasar los Pirineos para ir 
á reponer sus exaustas fuerzas en los cuar- 
teles de París. 

Y por último, nuestro gran Miranda, 
militar distinguido en los ejércitos españo- 
les ; triunfador heroico al lado de la aus- 
tera figura de Washington en las batallas 
de la Independencia Norte-Americana, y 
luego compañero y segundo de Dumou- 
riez en el campo memorable de Valmy, 
invade á Venezuela en 1806, en medio de 
un entusiasmo febril, izando una bande- 
ra de luz ; y la derrota le persigue como 
un espíritu "de maldad. Vuelve en 1810, 
á encargarse de las pequeñas fuerzas li- 
bertadoras que han roto la tradición de 



— 86 — 

España, y las dificultades se le presentan, 
y los obstáculos lo acosan, y el desalien- 
to lo acoquina, y capitula ante Monte- 
verde, y es aprehendido y llevado á la 
Carraca de Cádiz a esperar con una ca- 
dena al pie el instante de la muerte. 

Y lo que se dice de una invasión á 
país extranjero, es aplicable también á 
una invasión al propio País, cuando se 
levanta la bandera de una revolución que 
no cuenta con más elementos que los que 
acompañan al Jefe invasor. 

Tal debe decirse de la audaz invasión 
al Centro de Venezuela, ejecutada por el 
General Castro, y la cual forma el obje- 
to del presente estudio. 



ii 



Nuestro gran Libertador había realiza- 
do ya, en 1813, la Campaña del General 
Castro, con el éxito más brillante. 

El combatió á Correa en Cúcuta, el 28 
de enero de dicho año, y sus fuerzas in- 
vadieron á Venezuela inmediatamente des- 
pués del triunfo, en persecución del ene- 
migo. Vinieron á situarse en La Raya, 
á las órdenes de Castillo, hasta el 13 de 
abril siguiente en que derrotaron nueva- 
mente á Correa en La Angostura, y el 
ejército pasó á estacionarse en La Grita. 



- 8 7 - 

Allí permaneció hasta que Bolívar obtu- 
vo del Congreso de Tunja, la facultad para 
guerrear en Venezuela, y en los prime- 
ros días de mayo, reorganizado el ejérci- 
to, continuó la marcha. 

Aquella invasión fué un paseo triunfal. 
El enemigo que estaba en Mérida no es- 
peró ; en Carache fué vapulado Cañas ; en 
Niquitao, Martí ; en Horcones, Oberto ; y 
en Taguanes, Izquierdo : el 7 de agosto 
Bolívar fue recibido en Caracas, entre las 
aclamaciones del pueblo, que le proclamó 
su Libertador. 

Pero comparando estas dos campañas, 
resalta entre ellas una gran diferencia. Bo- 
lívar invadió con ochocientos hombres, Cas- 
tro con sesenta; Bolívar traía el parque 
suficiente, Castro venía á quitárselo al ene- 
migo; aquél sólo libró cinco combates; éste, 
nueve batallas, y algunas, como El Zum- 
bador, Cordero y Tocuyito, de eterna re- 
sonancia en los fastos del militarismo ve- 
nezolano; aquél hizo su campaña en sie- 
te meses; éste en cinco; y por último, el 
Libertador, para aquella época, no podía 
encontrarse con más de diez mil realistas 
en territorio venezolano; y el Jefe de la 
Restauración esperaba luchar con los cin- 
cuenta mil soldados que pudo haber re- 
cortado Andrade para sostener su Gobierno. 

Esta comparación con una de las más 
célebres campañas del Continente Ameri- 
cano, y ejecutada por uno de los más gran- 



— 88 — 

des guerreros de la Historia, honra indu- 
dablemente al gallardo Adalid de las hues- 
tes restauradoras, y lo exhibe como mi- 
litar en una altura envidiable. 



ni 



Cansado de esperar el General Castro, 
las nuevas evoluciones del enemigo, y vién- 
dolo en soñolienta inacción, partió de Ca- 
pacho el 3 de agosto siguiente, camino de 
la Capital de la República. 

En la mañana del cuatro entró en La 
Grita, y habiendo sabido allí que una fuer- 
za gobiernista acababa de llegar á Tovar, 
con el fin de sorprenderla, ocupó inme- 
diatamente todos los caminos por donde 
pudieran llegarle noticias de su aproxi- 
mación, y en las primeras horas del día 
siguiente continuó marcha. En Bailado- 
res se le incorporaron las fuerzas del Ge- 
neral José María Méndez ; y á la prima 
luz del seis, rompió los fuegos sobre las 
calles de Tovar. 

Ocupaban la plaza, con más de trescientos 
hombres, los valientes y meritorios Gene- 
rales Rafael González Pacheco y Emilio 
Rivas. 

Por el camino nacional entró parte de 
la División Mérida, cuyo denodado y dis- 
tinguido Jefe, General J. M. Méndez, cayó 



- 8 9 - 

desgraciadamente atravesado por una bala 
en los primeros momentos del combate. 

Este doloroso incidente, que dejó acé- 
fala la División, introdujo por un instan- 
te el desorden; pero advertido de ello el 
General Castro, mandó reforzarla con una 
parte del Batallón Bolívar, á las órde- 
nes del invencible Miguelón ; la otra par- 
te atacó por la derecha, á la vez que abrió 
los fuegos por la izquierda el Batallón 
Jünín. 

El combate se estableció en verdadera 
forma. La ciudad se trocó en una forta- 
leza, que lanzaba plomo de todos lados. 

Agotados los pertrechos del Bolívar, y 
con el objeto de no descargar el parque, 
entró el Libertador, y una carga impe- 
tuosa por todos tres costados, llevó la ban- 
dera tricolor al centro de la plaza prin- 
cipal, y puso al enemigo en completa de- 
rrota. El Tovar cortó la retirada á los 
fugitivos, de los cuales sólo se escaparon 
en sus briosos corceles, el primer Jefe de 
la fuerza y algunos oficiales. 

Dos horas de lucha encarnizada costó 
este triunfo, en que el enemigo se batió 
con heroicidad que honra á sus Jefes, la 
mayor parte de los cuales fueron apre- 
hendidos con la espada en la mano en sus 
propias posiciones. 



9 o 



IV 



Cuando el General Castro supo la pre- 
sencia de fuerzas trujillanas en Tovar, ha- 
bía exclamado en un rapto de inspira- 
ción : »Bien ! esas fuerzas me abrirán las puer- 
tas de Trujillo : mañana estarán en mi po- 
der. » 

La segunda parte de esta previsión es- 
taba cumplida: la primera se realizó quin- 
ce días después. 

El ejército apenas se estuvo en Tovar 
el tiempo necesario para serenar su fati- 
ga ; y luego siguió camino de Mérida. 

La ciudad de los Caballeros, la culta y 
gentil Sultana de la Sierra, le recibió con 
todo el entusiasmo, con todas las demos- 
traciones de simpatía que ella sabe tri- 
butar al mérito de una Causa justa, be- 
néfica y gloriosa. 

Multitud de ciudadanos respetables sa- 
lieron á recibir á aquel puñado de va- 
lientes, que venían con las sienes orladas 
por el laurel de la Victoria, y ávidos de 
nuevas luchas, para arrancar del seno ar- 
diente de las batallas, los elementos con 
que debía construirse el :nuevo edificio 
de la restauración de la República. 

En esta Ciudad organizó nuevamente el 
ejército; y otra vez más significó á sus 
soldados el deseo de que se quedasen allí 



— 9 i — 

los que abrigaran temores de continuar 
la campaña. «Yo no quiero llevar, dijo, 
sino individuos que, penetrados de mis 
ideas, convencidos de mi fe en el triun- 
fo y amantes de la regeneración de la 
Patria, quieran firmemente seguir arros- 
trando los peligros y vicisitudes de la 
campaña, para eternizar sus nombres en 
la inmortalidad del bien.)) 

Muchos de sus compañeros, enternecidos 
al recuerdo del hogar, ó desalentados an- 
te la magnitud de la empresa comenzada, 
pidieron la baja y regresaron al seno de 
la familia. Dos mil hombres continuaron, 
decididos á vencer ó á morir. 

Desde la cumbre del Páramo de Timo- 
tes, el General Castro contempló por un 
momento la inmensidad del espacio que 
debía recorrer; pensó en las dificultades 
de su obra; midió sus fuerzas, multipli- 
cadas, antes que exhaustas, con los rigo- 
res de la fatiga, y en un arranque de en- 
tusiasmo: Dos batallas, dijo á sus solda- 
dos, tan sólo dos batallas habremos de li- 
brar para llegar triunfantes al Capitolio.» 

En Valera suscribió una bellísima y pa- 
triótica Proclama dirigida á los truj illa- 
nos, en la cual les invitaba á colaborar 
en la obra de la Restauración política del 
País, acompañándole en su marcha triun- 
fal á la Metrópoli de la Nación, á fin de 
que á esa empresa gloriosa cooperaran to- 
dos los hijos de la Cordillera Andina, de 



— 9 2 — 

esa tierra privilegiada donde palpitan to- 
das las fuerzas vivas de la Naturaleza y 
donde esplenden todas las radiaciones del 
talento y todas las nobles energías del hu- 
mano corazón. 

De allí salió el diez y ocho por la vía 
de Mota tan ; el diez y nueve entró en los 
Llanos de Monay, y el veintidós llegó á 
Carora, plaza que desocupó el enemigo á 
la aproximación de las huestes restaura- 
doras. 



Habían entrado ya en la tierra llana. 

Un calor de veintiocho grados centígra- 
dos caldeaba el ambiente ; reverberaban 
bajo sus pies aquellas arenas encendidas 
como las del Egipto, y colgaba diariamen- 
te sobre sus cabezas un sol de fuego en un 
cielo de plomo. 

Quedaba atrás la tierra de las monta- 
ñas ; aquel suelo amado, donde la Provi- 
dencia sembró todos los tesoros y derramó 
todas las gracias. 

Cuántos soldados no sentirían enterne- 
cido el corazón, al recordar aquellas pin- 
torescas serranías que se enlazan capricho- 
samente como formando un encaje primo- 
roso; aquellos montes de esmeralda, coro- 
nados de nieve en el invierno, dorados 



— 93 — 

en primavera con las flores amarillas del 
frailejón, y siempre olorosos á albricias y 
romero, los perfumadores eternos de las bri- 
sas de los páramos. 

Qué paisajes tan hermosos tiene la Cor- 
dillera de los Andes. Ríos torrentosos, que 
resbalan límpidos y espumosos cristales, 
coronados á mañana y tarde en cada salto, 
por mil círculos concéntricos del iris; va- 
lles gigantescos, donde el café se viste ora 
de blancos y aromados jazmines, ya de 
granates rojos que destilan miel ; bosques 
inmensos donde el pino abre su follaje 
como un paraguas, despliega el orurno su 
glauca vestidura y las palmas ierguen su 
empinada copa que besa á las nubes y 
atrae al rayo en las noches de tormenta. 
Aquellas mañanas encantadoras, en que el 
cielo exhibe su ropaje de gala como para 
recibir al astro-rey ; en que cada tallo de 
las plantas es un búcaro de flores cuyos 
pétalos ostentan en diamantes de rocío los 
primores caprichosos del agua y de la 
luz ; y en que cada árbol es una cítara 
viviente, donde el petirrojo y el turpial se 
deshacen en cascadas de armonías, canta 
el azulejo con toda la ternura de un co- 
razón enamorado, y llora el gonzalito co- 
mo con notas sustraídas á la canción del 
sauce de Desclémona en la obra inmortal 
del artista pesarino. Aquellos pueblos, que 
como niveas garzas se posan en los flan- 
cos de las montañas y en las cumbres de 



— 94 — 

las colinas, y aquellas ciudades, tendidas 
en verdegueantes llanuras, ó reclinadas 
muellemente como amorosas sultanas al 
pie de altísimos cerros que las cubren con 
su sombra. Y luego, aquellos campos, di- 
vididos en multiformes polígonos, aquí es- 
trellados con el follaje del banano que se 
dobla al peso del racimo ; allá vestidos 
de violeta con la simpática flor de la pa- 
tata; acullá, semejando una sábana de oro 
con la rubia mies en la estación del Can. 
Y aquellos molinos, á la orilla de impe- 
tuosos torrentes, y de donde sale la es- 
ponjosa harina, más blanca que la leche 
ó que la carne del coco ; el trapiche que 
cruje junto á los cañaverales, y expande 
el sabrosísimo olor á miel hervida, el li- 
cor de los dioses en las cumbres del Hi- 
meto;yla era, donde van en círculo, des- 
granando las espigas, el manso buey y el 
potro cerril, hostigados muchas veces por 
lindas serranuelas, frescas como las rosas 
de Castilla en las primeras mañanas de 
Mayo, y rebozando juventud y vida por to- 
dos los poros de la tentadora faz. 

Nada falta en aquel suelo de promisión, 
donde se ha incubado todo lo grande y 
todo lo bello. Arrastran los ríos arenas de 
oro, como el Escamandro y el Pactólo, de- 
rraman los árboles esencias como en los 
bosques de Ceilán y Cachemira, y cruzan 
arroyos de leche y miel como en la tierra 
predestinada á los descendientes de Jacob. 



— 95 — 

En aquellos pliegues de las enhiestas 
montañas la vida es fácil y el alma se mo- 
dela como bajo las tiendas de los patriar- 
cas ó bajo el techo humoso campesino de 
los días clásicos de Roma ó de Sabinia. 
Allí el corazón es ánfora de aromas ex- 
quisitas, ó invulnerable turquesa, que ni 
el tiempo erosiona ni el mal corroe ; emer- 
ge de labios impolutos, el verbo grandílo- 
cuo, que ora levanta al oprimido, ora 
fustiga al opresor ; y volotea en torno á 
frentes áticas, el águila soberbia del pen- 
samiento huguiano ó la áurea abejilla de 
sosegada inspiración. Patricios excelsos, pen- 
sadores profundos, poetas gallardos han 
nacido bajo aquel cielo edénico y han ba- 
jado á la tumba, dejando páginas de oro 
en los anales patrios, fuerza y luz en la 
dinámica social, monumentos de cariño en 
las almas nobles y bellas. 

Tierra de mis dulces recuerdos! Cuán- 
tos de vuestros hijos, al contemplaros por la 
vez postrera desde las cálidas arenas de 
Carora, os dirían adiós como la Ex-Em- 
peratriz de Méjico al distinguir un día en 
lontananza las playas del Adrático : «Adiós! 
suelo de mi cuna, tierra de mis padres : 
quién sabe si os vuelva á ver U 

vi 

En la tarde del veinticuatro, el ejército 
llegó al caserío de Parapara. A la maña- 



- 9 6 - 

na siguiente, una avenida inesperada del 
río Tocuyo detuvo la marcha. 

El ejército se intranquilizó. Por la pri- 
mera vez la naturaleza presentaba obstácu- 
los á aquellos vencedores. Un desaliento 
general se dibujaba en las fisonomías, tan- 
to más cuanto aquellas aguas torrentosas 
y obscuras, parecían aumentar de momento 
á momento. 

El General Castro, ginete en su corcel 
de guerra, iba y venía por la ribera del 
río, esperando el momento en que bajase 
la inundación ; sondeaba el horizonte con 
su mirada perspicaz y trataba de adivi- 
nar un medio con qué salvar la dificul- 
tad ; pero al fin, en un trasporte de su es- 
píritu : « Compañeros, dijo, la Providencia 
nos detiene aquí con algún alto fin: prepa- 
raos para ceñir á vuestras frentes algún nuevo 
laurel. » 

Aquellas proféticas palabras cayeron so- 
bre el ejército como un rocío sagrado, que 
serenó los espíritus y puso á todo mundo en 
expectación de la anunciada maravilla. 

Clareó el veintiséis, y cuando el ejérci- 
to se proponía seguir marcha, la vanguar- 
dia recibe inesperadamente los primeros dis- 
Earos de un enemigo que está en orden de 
atalla. 

El General Castro rápidamente ordena 
ocupar todas las alturas, pone sus demás 
fuerzas en disposición de combate y hace 
avanzar un destacamento a las órdenes del 



— 97 — 

Coronel Emilio Fernández. Crúzanse los 
fuegos, todavía á alguna distancia entre 
las filas combatientes; Fernández avanza 
con denuedo, y cuando el pabellón trico- 
lor empieza á destacarse en las colinas 
cercanas, el enemigo se declara en la más 
completa derrota, dejando seiscientos mau- 
ssers, treinta mil cápsulas, un cañón Krupp 
con todos sus accesorios y abundante dota- 
ción de municiones. 

Quedaron prisioneros cuatro Generales, 
tres Capitanes y doscientos individuos de 
tropa. 

Constaba el enemigo de mil doscientos 
soldados, á las órdenes del General Torres 
Aular, Presidente del Estado Lara, y á 
quien Andrade había confiado la custodia 
del Centro de la República. 

El ejército restaurador, que en este lan- 
ce sólo tuvo que lamentar un muerto y 
cuatro heridos, contemplaba con asombro 
aquel suceso trascendental, ayudado por la 
Naturaleza y profetizado veinticuatro ho- 
ras antes por su ilustre Jefe. 

Y aquel río, que como los mitológicos 
de Grecia tomó parte en esta acción, no 
sólo detuvo al General Castro para darle 
un nuevo triunfo, sino que detuvo tam- 
bién del otro lado, las fuerzas nacionales 
del General Lorenzo Guevara, impidiéndo- 
le reunirse con Aular, como estaba conve- 
nido, y lo cual hubiera causado a la Re- 
volución mayor gasto de energías y de 



- 9 8 - 

elementos. Dos victorias, ganadas en un so- 
lo día. 

Yo no me explicaría este hecho prodi- 
gioso, á no ser porque la Historia de los 
siglos nos convence de esta gran verdad: 
«cuando suena la hora de la ocasión para 
renovar los pueblos y las sociedades, la 
Providencia pone la fuerza á la orden del 
derecho, y prepara los hechos para el triun- 
fo de las ideas.» 

En aquel rápido y decisivo combate, hay 
algo más que movimientos estratégicos y 
evoluciones tácticas: allí un Destino 
sobrenatural dispone las cosas convenien- 
temente para que aquel ejército gobiernis- 
ta vaya á entregar al vencedor las llaves 
de la República, y junto con ellas, todos 
los elementos de guerra que necesitaba para 
continuar su marcha triunfal á la Capital de 
la Nación. 

Allí obtuvo el General Castro el cañón 
que debía destruir las fortalezas enemigas en 
Tocuyito, todo el parque con que habían 
de ganarse las batallas posteriores, y sobre 
todo, nueva confianza de su ejército y nuevo 
entusiasmo para realizar la última jornada, 
la que debía conducirlo al Thabor de su trans- 
figuración, á la enhiesta cumbre de su gloria. 

El General Castro ordena seguir marcha 
en la mañana del veintisiete. 

En el camino sabe que las fuerzas de 
Guevara han ido á fortificarse en Barqui- 
simeto. Una gran idea surge en su mente. 



— 99 — 

Está en un punto donde el camino se bi- 
furca para abrirse en diferentes direccio- 
nes. Si pasa lejos de aquella Ciudad, po- 
drá atribuirse á que esquiva un encuentro 
con el enemigo, y alentado éste, le seguirá 
de cerca, y tal vez en Nirgua irá á aco- 
sarlo por retaguardia, cuando se hayan ro- 
to los fuegos con el ejército que sostiene á 
aquella plaza. 

No : él no esquivará nunca el peligro, ni 
dará motivo para un éxito del contrario: 
marchará á Barquisimeto para imponer la 
superioridad de sus fuerzas á aquel enemi- 
go que, como el ciervo, ha ido á esperar 
la jauría que pasa, pero resguardado en su 
impenetrable caverna. 

El primero de setiembre, el General Cas- 
tro se detiene á contemplar la hermosa Rei- 
na de Occidente, desde un punto domi- 
nante de sus extramuros. Una descarga 
formidable lo recibe, y su ejército contesta 
con la misma galantería. Algunos oficiales 
penetran al través de las balas, para ir á 
comprar cualquier cosa en un estableci- 
miento mercantil; y pocos momentos des- 
pués, regresan intocados por el plomo, y 
trayendo unos litros de brandy como tro- 
feo de su victoria. 

Como el soberbio león mira con indife- 
rencia suma al perrillo que le ladra al lado, 
el General Castro vio con desdeñosa impor- 
tancia aquel ejército, y siguió camino de 
Cabudare. 



IOO 



A poco andar, ve venir una fuerza que 
iza en alto la bandera tricolor. ¿Quién es? 
Son amigos insospechables; es la juventud 
larense que, deslumbrada ante el héroe de 
los Andes, quiere también contribuir al 
triunfo de los principios que informan la 
Causa Eestauradora, y orlar su frente con 
el laurel de Marte en los campos de Belona. 
Son los representantes de aquel pueblo he- 
roico, que está acostumbrado á llevar la 
Victoria en la punta de la espada, y que ha 
hecho suyas la nobleza y la generosidad 
para exhibirlas hasta en las adversidades 
de la existencia. 

Dos Batallones, el Urachiche y el Lara 
piden su incorporación al ejército: al fren- 
te de ellos vienen jóvenes que, como Jimé- 
nez Arraiz, el vate guerrero, tienen en su 
cerebro y en su brazo, todos los elementos 
de vida que la República necesita para 
su marcha ascensional: verbo, impulso, ideal; 
luz y fuerza; palabras de consuelo y gritos 
de lucha; nobleza de alma y ternezas de ar- 
te; honradez y virtud. 



VII 



Uno de los grandes vicios de las socie- 
dades corroídas y decrépitas, es la mentira 
en todos sus actos. 

Mentir es hundirse en la tumba de una 
muerte moral. 



101 



Cuando Pulquería oyó una mentira de los 
labios de Estilicón, le mandó una rueca y 
un copo de algodón para que se sentase á 
hilar. Sí, la Emperatriz de Oriente encon- 
tró el único destino que puede tener un 
embustero: hilar como ana anciana. 

Un individuo que miente en el comercio, 
queda destituido de los tratos mercantiles; 
en la sociedad, queda relegado al hospicio 
de los enfermos de la conciencia; en el mi- 
litarismo, debe formar en la impedimenta 
del ejército, y en todas partes, colocarse al 
lado de los que llevan por bandera la in- 
famia y el deshonor. 

Uno de los mayores defectos de las admi- 
nistraciones pasadas, era la mentira oficial. 
Desde el programa de gobierno del Jefe 
Supremo hasta la ínfima promesa del Jefe 
de Aldea, todo era una farsa. 

De aquí por qué no es extraño, que des- 
de los primeros días, Andrade tuviera por 
vencida á la Kevolución Restauradora. 
Desde San Cristóbal se le participó el triun- 
fo del Gobierno en Cordero; la prensa oficial 
de Mérida contó cómo Castro había pasado 
en derrota; los vencidos de Parapara, le co- 
municaron su victoria sobre el enemigo; y 
cuando Andrade ya creía otra vez solidi- 
ficado el pedestal de su Presidencia, hé aquí 
que el telégrafo le anuncia sucesivamente 
la rota de Nirgua, el desastre de Tocuyi- 
to y la llegada de Castro á Valencia. La 
mentira oficial lo había derribado de su 



102 



trono, como derriba todo edificio, porque es 
una erosión que desquicia, un cáncer que 
mata. 

La mentira oficial y el momento socioló- 
gico del País, tan hábilmente reconocido 
por el General Castro, fueron dos grandes 
factores de sus triunfos. 

¡Cómo el vicio es siempre señal de ulce- 
ración y muerte! 



VIII 



Incorporados los Batallones Barquisime- 
tanos, el ejército había seguido marcha, 
pasando por Cabudare, Yaritagua, Urachi- 
che, Boraure y Santa María : el ocho de 
setiembre, á las doce post meridiem, coronó 
la altura desde la cual se divisa la Ciudad 
de Nirgua; y los pabellones amarillos, iza- 
dos en las afueras de aquella ciudad, seña- 
laron desde luego, un nuevo campo de ba- 
talla. 

La presencia del enemigo no causó nin- 
gún desaliento al ejército restaurador; al 
contrario, como los antiguos cruzados salu- 
daron á Jerusalem al contemplarla desde la 
colina de Sion, un hurra estrepitoso brotó 
de los robustos pechos de aquellos valientes 
soldados, que jamás sintieron los espasmos 
del miedo ni las convulsivas crispaturas 
que prodúcela inminencia del peligro. 



— 103 — 

Se iba á librar una batalla de aquellas 
que requieren esfuerzos supremos y volun- 
tad de acero para conquistar el triunfo; 
pero aquel ejército de vencedores se gozaba 
más bien ante las dificultades, como los 
cóndores andinos se apoyan mejor en la 
dura roca cuando sienten que los golpean 
los cien brazos del huracán. 

Una División del Ejército Nacional, á 
las órdenes del General Kosendo Medina, 
ocupaba la ciudad. A la presencia del 
enemigo, avanzó fuerzas, que hicieron los 
primeros disparos á más de un kilómetro 
de distancia. 

El General Castro oyó con indiferencia 
aquellos tiros. En su táctica iio entra 
pelear á un espacio mayor que el alcance 
de los fusiles. El da la voz de fuego 
cuando los tiros se aprovechan, y no al 
toque de uno y catorce, á pie firme como 
las víctimas á quienes se va á fusilar, 
sino al toque de carga, y avanzando bi- 
zarramente sobre el enemigo hasta ponerle 
las, bayonetas en el pecho. 

El dispuso con toda serenidad la ba- 
talla. Envió el Batallón Junín por la 
izquierda; el 23 de Mayo y medio Ba- 
tallón del Urachiche, por la derecha ; y 
por el centro, una Compañía á las órde- 
nes del Coronel Jorge Bello. 

Algunas palabras vibrantes y enérgicas 
que tocaron las fibras del alma, y el ofre- 
cimiento del triunfo como recompensa al 



— 104 — 

valor, fué el hasta luego con que el Jefe 
Restaurador despidió á aquellos valientes. 

Con el arma en balanza y á paso de 
vencedores, se precipitaron sobre el ene- 
migo. A una cuadra de distancia rom- 
pieron fuegos, y á las primeras descargas, 
aquellas fuerzas de línea fueron á gua- 
recerse en la ciudad. Allí hicieron de ven- 
tanas y puertas fuertes atrincheramientos. 
El fuego era vigoroso y sostenido. Los sol- 
dados de la Revolución avanzaban á pecho 
descubierto. Una lluvia en nuestras mon- 
tañas parecía el cruzarse del plomo en el 
espacio. La humareda lo obscureció todo. 
La ciudad desapareció á la vista, y en 
aquellas sombras del momento, sólo se 
veían — como rayos en las nubes de tem- 
pestad—los fogonazos de los fusiles. 

Aquel ejército andino avanzaba sobre 
la Ciudad como una avalancha que rueda 
por las vertientes de los Alpes á estre- 
llarse en la llanura; como una inunda- 
ción que se precipita sobre el valle lle- 
vándose con su empuje cuanto se opone 
á su paso; como un ciclón que se abre 
brecha en los bosques, arrancando de cuajo 
árboles seculares y extremeciendo á la tierra 
con su fuerza de volcán. 

Una hora había trascurrido. Las fuer- 
zas gobiernistas defendían la plaza con 
bravura y decisión. El terreno no permi- 
tía practicar ninguna evolución que acele- 
rase el triunfo. Un empuje denodado, una 



— ios — 

carga poderosa era el único medio de des- 
alojar al enemigo de sus posiciones; y la 
corneta empezó á tocarla con estentóreo 
sonido, á la vez que el General Castro 
lanzó por el centro al Batallón Liberta- 
dor, al que poco después reforzó con el 
Bolívar, produciendo una ola tan pode- 
rosa que aventó al-' enemigo de sus po- 
cisiones, le hizo volver cara y dispersarse 
en inaudita fuga. 

Una activa persecución lo llevó hasta 
una legua de distancia, dividido en pe- 
queñas fracciones que se precipitaron por 
cien mil atajos y veredas. 

Sólo un Caerpo salió en formación, y 
peleando en retirada. Iba favoreciendo la 
fuga del Estado Mayor, y el equipaje de 
su Jefe. 

Después de la batalla, el General Castro 
preguntó por el Jefe de aquel Cuerpo, y 
supo con placer que era un tachirense, 
el General Epifanio Entrena, joven tan 
correcto y culto en los tratos de la vida 
social como esforzado y hábil en el tea- 
tro de la guerra. 

Cerca de doscientos maussers de repeti- 
ción, veinte mil cápsulas, muchos bagajes 
y noventa y tres presos, fueron el resul- 
tado de esta jornada gloriosa, dada á las 
puertas de Carabobo y á treinta y seis 
leguas de la Capital de la República. 

Se había librado ya una de las dos 
batallas profetizadas por el Vidente An- 



ioó 



diño desde las cumbres del « Timotes » : 
faltaba la otra. 

¿Se daría en ios contornos de Caracas? 
No podía saberse ; pero al Gobierno le 
quedaba todavía un ejército, y ese ejér- 
cito debía combatir. 



IX 



En la mañana del diez, el General Castro 
organizó sus fuerzas y ordenó la marcha. 

El once salió de la pequeña población 
de Miranda para ir á pernoctar en Be- 
juma ; y el doce, el ejército fué á des- 
cansar en Tocuyito. 

Allí supo el General Castro la probable 
aproximación de fuerzas enemigas, y dis- 
puso demorarse dos días, ya para espe- 
rarlas, ó ya para prepararse al ataque de 
Valencia. 

Esa tarde recorrió la población y sus 
contornos, y situó fuerzas en los princi- 
pales puntos de defensa; y contemplando 
después su campamento desde una pe- 
queña altura, exclamó lleno de fe: Oreo 
que Tocuyito se va á hacer célebre en la 
Historia Patria». 

El trece no ocurrió novedad. El catorce 
radió un sol brillante y bello. El cam- 
pamento estaba cerrado. Numerosos sol- 
dados, descansando sobre los verdes ees- 



— 107 — 

pedales, cantaban los aires de su pueblo 
ó se decían chascarrillos y consejas; los 
Jefes recordaban, en conversación expansiva 
y amistosa, los episodios terribles de la Cam- 
paña y los momentos sublimes de la victoria. 

En la casa donde se hospedó el Estado 
Mayor, bajo el matapalo que sombrea el 
patio, se veía un grupo de oficiales, que 
hablaban y reían tendidos sobre el suelo, 
forjando sueños de dicha y encantadoras 
promesas de ventura. 

Vino la hora del almuerzo. El sabroso 
olor de la comida se difundía por toda la 
casa, y cuando la oficialidad acompañaba 
al Jefe al comedor, súbito se ven á poca 
distancia los pabellones gualda, y ios re- 
flejos de las armas enemigas, en las cuales 
rebotan ó se quiebran los rayos del sol. 

A una voz, todo el mundo está arma 
en mano. Se organizan los batallones, se 
despliega al aire la enseña del iris y el 
General Castro ojea el terreno para disponer 
la batalla. 

Seis mil hombres, comandados por los 
Generales Diego Bautista Ferrer, Ministro 
de Guerra en campaña, y Antonio Fer- 
nández, vienen á oponerse al paso de las 
huestes restauradoras, convencidos de que 
un ejército que en cuarenta y cuatro días 
ha caminado ciento treinta leguas y libra- 
do tres batallas, no podrá resistir una hora 
de combate contra una fuerza cuatro veces 
mayor. 



io8 



Y tienen razón de creerlo así los Jefes 
gobiernistas, comparando tan sólo la fuer- 
za física de los ejércitos; pero hay a Igo que 
ellos no tienen en cuenta ; algo que supe- 
ra al '¡poder de los cañones y al abruma- 
miento del número; algo que no puede 
medirse ni calcularse, pero cuyos efectos 
constituyen esa aspiración suprema que se 
llama el éxito; y ese algo portentoso y 
terrible es la decisión de un soldado que 
va á vencer ó a morir, y la dirección de un 
Jefe cuyos talentos militares valen por más 
de una legión. 

Cuando el Ejército Restaurador traspa- 
só las fronteras de Los Andes, y empezó 
á contemplar en lontananza la bruma azul 
de sus montañas nativas ; como los Cru- 
zados al colocar en sus pechos la cruz roja, 
ó los antiguos castellanos al armarse para 
combatir á la morisma, juró también por 
el honor de sus armas, ó llegar triunfan- 
te á las puertas del Capitolio, ó dejar sus 
huesos blanqueando los arenales del cami- 
no, para dar testimonio á las generacio- 
nes futuras de cómo se lucha por una idea, 
hasta llegar al Thabor ó al Calvario, hasta go- 
zarse con las satisfacciones del triunfo ó 
desaparecer en las exacervaciones del mar- 
tirio. 

Va á empezar el titánico encuentro. Po- 
cos minutos, y el mundo presenciará una 
vez más la victoria del valor sobre el nú- 
mero, la superioridad del genio sobre los 



— 109 — 

esfuerzos comunes de la naturaleza hu- 
mana. 



Entre las cincuenta batallas campales que 
constituyen el glorioso pedestal de Napo- 
león I, hay una que todavía, al través de 
los tiempos, sorprende y maravilla a la 
mente pensadora : es Austerlitz. 

Luego que se rompió el tratado de Amiens, 
Inglaterra se asustó con los proyectos del 
Emperador, y formó una poderosa liga para 
derribarlo. 

Súpolo Napoleón, y puesto al frente de 
ochenta mil soldados, partió al Norte. En 
pocos días obligó a sesenta mil austría- 
cos á capitular, invadió al Austria y en- 
tró á Viena ; y el dos de Diciembre, ani- 
versario de su coronación, se encontró en 
presencia de los ciento veinte mil solda- 
dos que, á las órdenes de los Emperado- 
res Alejandro y Francisco José, estaban ex- 
tendidos en orden de batalla á los alrededo- 
res del Castillo de Austerlitz. 

Bonaparte lanza una mirada al terreno, y 
concibe su grandioso plan. 

A la izquierda tiene una llanura, inte- 
rrumpida por pequeñas elevaciones del sue- 
lo ; en el centro, una meseta escarpada, 
coronada por las líneas del ejército ruso; 
y á la derecha, una extensión pantanosa,. 



IIO 



de fangales helados, y dominada por las 
pendientes rápidas de la meseta, que es 
el punto principal del campo de batalla. 

La víspera de la jornada, Napoleón re- 
corrió sus líneas en las primeras horas 
de la noche, entre los entusiastas gritos 
de ¡viva el Emperador! y al reflejo de mi- 
llares de antorchas que los soldados ha- 
bían improvisado con la paja de los vi- 
vaos. 

Desde las primeras horas del día siguien- 
te, empezó á recorrer su campamento, á 
caballo, y envuelto en su histórico redingote 
gris. La mañana estaba obscura : nubes de 
invierno se levantaban por el horizonte, y 
un manto de neblina, casi de color de plo- 
mo, cubría toda la extensión de la lla- 
nura. 

A las ocho, el cielo se despejó súbita- 
mente, y el sol, como un disco de oro, em- 
pezó á alzarse sobre los cerros del Oriente, 
y á derramar su luz sobre aquellos milla- 
res de cascos y bayonetas que habían ve- 
nido á sustituir el verdor de las hojas y 
la modestia de las campestes flores. 

A un grito general, los fuegos se rom- 
pen. Las descargas del cañón van á llevar 
el terror hasta las aldeas lejanas. Los cla- 
rines dan al aire sus toques de mando, y 
aquel campo, antes hermoso y tranquilo, 
se trueca en un instante en una máquina de 
muerte. ^ 

Napoleón ha comprendido que en la al- 



IIÍ 



tiplanicie de Pratzen está el centro de ope- 
raciones del enemigo, y quiere sorprenderlo. 
Despliega á la izquierda las divisiones del 
Mariscal Lannes, coloca en el centro á 
Soult, y exprofeso deja casi desguarnecida 
la derecha, sobre la cual el enemigo lan- 
za la maza de su infantería y numerosos 
cañones que vienen a atascarse en los pan- 
tanales. Entonces el Emperador aprovecha 
el momento : la meseta de Pratzen ha que- 
dado debilitada con la gente que salió á 
forzar el ala derecha ; mueve las divisio- 
nes de Soult y la guardia imperial, trepa 
las colinitas que sirven de escalones á la 
altiplanicie, ataca el centro de los rusos, 
y corta en dos al ejército enemigo con esta 
maniobra sorprendente. 

De allí en adelante la batalla no es sino 
una inaudita derrota: la caballería huye 
aterrorizada ; la infantería, herida desde lo 
alto de Pratzen, se sumerge en los pan- 
tanales, bota las armas y muere desespe- 
rada é indefensa. Los dos Emperadores ene- 
migos se escapan al galope, dejando en 
el campo de la lid, veinte mil prisioneros, 
quince mil bajas entre muertos y heridos, 
ciento veinte cañones y miles de fusiles y 
banderas. 

He aquí, en esta mitológica batalla, el 
plan desplegado por el Jefe andino, ante 
la situación de las fuerzas gobiernistas en 
el campo inmortal de Tocuyito. Todas 
las circunstancias se presentaron para des- 



112 

arrollar el mismo plan; y así, la princi- 
pal batalla del Genio Francés, con quien 
tantos puntos de semejanza tiene el Gue- 
rrero venezolano, vino á servir también 
de modelo para la principal batalla de 
éste. 



XI 



Tocuyito está en una llanura irregu- 
lar. Al norte de la población, atraviesa el 
río del propio nombre. Tiene al nordeste, 
una colina que domina la extensión, y al 
noroeste, el cerro llamado Alto de Uzlar. 

En medio de estas dos alturas, en pun- 
tos dominantes del terreno, hay dos casi- 
tas, de las cuales la que está á la dere- 
cha se llama hoy Casa Fuerte, porque 
allí atrincheró el enemigo su artillería, y 
constituyó el centro de su situación. 

El ala derecha del Gobierno ocupó el 
Alto de Uzlar; el ala izquierda, la co- 
lina ; y el centro se desplegó en numero- 
sas líneas paralelas, parte de las cuales es- 
taban guarnecidas entre los cañaverales y 
detrás de los troncos de los ceibos. 

Un cuerpo volante de la Revolución aca- 
baba de regresar al campamento sin traer 
noticias del enemigo, que no había podi- 
do ver á causa de las arboledas del ca- 
mino. El Batallón Lara, apostado como 
centinela, se preparaba á hacer rancho des- 



— H3 — 

cuidadamente, cuando súbito es sorpren- 
dido por las primeras descargas, que lo 
obligan á ponerse á pie firme y á entrar 
en combate. 

Aquellas descargas electrizaron á todo el 
ejército. En un segundo, cada quién se 
presentó fusil en mano, se organizaron los 
cuerpos, se desplegaron las banderas y se 
esperó sólo la voz del Jefe para concurrir á 
la batalla. 

El General Castro comprendió rápida- 
mente el plan del enemigo. Aquellas nu- 
merosas líneas paralelas tienen por objeto 
oponerse á las cargas por el centro ; y aque- 
lla artillería, tan hábilmente colocada, im- 
pedir que el ejército » restaurador avance, 
y obligarlo á sucumbir, como los inmola- 
dos en el Guadalete, en las playas del pe- 
queño río. 

Mas no será así, porque va á destruir 
ese plan, aun á costa de dolorosos sacri- 
ficios. Ha comprendido el dédalo del ad- 
versario, y va á demostrar que tiene el 
hilo de Ariadna con que se penetra en él. 

Inmediatamente avanzó al Ura chiche 
para reforzar al Lara, y ordenó al Liber- 
tador ocupar el cementerio, con orden de 
aspillerar las paredes y rechazar allí la 
derecha del enemigo : otras fuerzas salieron 
á hacer frente á la izquierda. 

El reloj había dado la una de la tarde. 
El entusiasmo de las huestes restaurado- 
ras era insólito. Por todas partes se oían 



— ii4 — 

vivas al General Castro y á la Causa de 
su bandera. Este recorría las filas á caba- 
llo, inspirando valor y confianza y prome- 
tiendo el triunfo como gaje de la lucha. 

((En Cordero combatimos contra mayor nú- 
mero de soldados y triunfamos, decía á todo 
pecho; aquí el partido es igual, porque va- 
mos á pelear con los que allá fueron nues- 
tros vencidos. ^ 

((Soldados ! del esfuerzo de hoy depende la co- 
ronación de nuestra obra.» 

Y aquel ginete eléctrico iba y venía, 
observando la distribución del parque, exa- 
minando los fusiles, leyendo las impresio- 
nes del momento en las fisonomías de los 
soldados, y previendo toda contingencia y 
llenando de antemano toda necesidad. 

En tanto, los fuegos se han encendido 
á vanguardia con plutónica energía. El 
encuentro de aquellos primeros batallones 
es horroroso. Los bravos larenses, como Páez 
en Carabobo, quieren ellos solos coronar 
el triunfo ; pero la resistencia es feroz : la 
fusilería enemiga no produce sino un solo 
estampido; el cañón derrama muerte por 
doquiera, y las granadas de la ametralla- 
dora vienen á estallar en medio de las fuer- 
zas revolucionarias, abriéndose brecha como 
un rayo entre los tupidos árboles de los bos- 
ques. 

Un nuevo batallón, el Bolívar, va á re- 
forzar los fuegos. El enemigo cede. La Re- 
volución pasa el río y trepa al llano ; pero 



— n5 — 

al salir allí es diezmada por una llu- 
via de piorno que le cae de todas partes. 
El valiente General Chirinos yace en tie- 
rra ; á su lado exhala el postrer suspiro un 
denodado oficial ; el camino se obstruye ya 
con los muertos ; uno en pos de otro salen 
numerosos heridos. 

El Escuadrón va á vengar tanta he- 
roica víctima : pelea con insólita bravura : 
el General Pulido hace prodigios : Prato 
es un león. El enemigo cede posiciones : 
pero aquella artillería disparada desde la 
Casa Fuerte no permite avanzar. El Ge- 
neral Pulido se dobla al golpe de una bala, 
como un cedro que echa á tierra el ha- 
cha del leñador; seguidamente cae el Ge- 
neral Canelón, espada en mano, y teniendo 
todavía en la boca la mitad de la palabra car- 
ga; y detrás de ellos, como para hacerles guar- 
dia en ultratumba, caen oficiales distingui- 
dos, y valientes soldados. 

El Batallón Junín se une á los restos 
del Urachíche para dar una carga. El 
empuje es formidable. El enemigo es aven- 
tado de nuevas posiciones; pero las pér- 
didas son otra vez sensibles: Emilio Fer- 
nández va á tierra, herido por un frag- 
mento de metralla ; y más allá queda ten- 
dido para no volver á levantarse, el va- 
liente y denodado Miguelón, especie de 
Fierabrás de las huestes Restauradoras, y 
ante cuyo pecho las balas siempre habían 
sesgado el curso. 



n6 



El General Castro contempla impacien- 
te la rudeza del combate ; pero necesita 
avanzar por el centro hasta poder destruir 
la artillería contraria. 

El enemigo no puede ser cortado ni por 
la derecha ni por la izquierda, porque la 
fuerza que ocupa las alturas lo impide; 
y puesto que la Casa Fuerte es el Prat- 
zen de Tocuyito; puesto que allí está la 
defensa del centro ; puesto que allí está la 
clave de la batalla, urge demoler esa for- 
taleza, y con resolución titánica, nuevamen- 
te decide dirigir hacia allí todas las ener- 
gías de su poder moral, todo el empuje de 
su fuerza física. 

Una idea feliz clarea eri su mente. Como 
en las alas no se ha generalizado la batalla, 
el Libertador está demás en el Cemente- 
rio, y hay allí una pieza de artillería que 
debe prestar un eminente servicio. Manda 
colocar el cañón en un punto de tiro sobre 
la Casa, y con tal éxito hace los disparos el 
General Nieves, que el primer balazo des- 
pedaza uno de los cañones enemigos, y se- 
guidamente destruye el edificio, ahuyentan- 
do á aquella gente, que abandona posición, 
artillería, pertrechos, armas y todo. 

En el mismo instante entra el Batallón 
Libertador, y unido al Bolívar, al Junín 
y al Lara avanzan en una carga porten- 
tosa que convierte aquel campo de batalla 
en uno como mar embravecido en noche 
de tempestad en los cielos. 



— ii7 — 

El General Castro, haciendo tocar carga, 
nervioso y febril, se lanza también á lo 
rudo de la brega, cuando un oficial le so- 
frena el caballo, y «No entre, General, que lo 
matan,» le dice entre suplicante é impe- 
rioso. 

¡Cómo! ¿que no entre? A mí las balas me 
respetan, le contesta; y hoy, si yo no más que- 
do, yo solo he de triunfar. 

Y recorre las filas, y multiplica las ór- 
denes, y exalta el entusiasmo, y aviva el 
combate, y semeja especie de proyectil dispa- 
rado de una á otra parte, para mantener 
doquiera la actividad y la fé, la disciplina 
y el valor. 

((Avance el 28 de Mayo, grita luego á 
pleno pulmón : el enemigo empieza á derro- 
tarse.» Y aquellos famosos santaneros vue- 
lan á reforzar las filas amigas, precedidos 
de su invicto Jefe el General Várela, y los 
fuegos se centuplican, y el furor se enar- 
dece, y la lucha se trueca en una como 
pavorosa tormenta que el solo contemplar- 
la produciría el vértigo y la muerte. 

El General Cárdenas fué hasta plantar la 
enseña tricolor en los arietes enemigos, 
pero cayó de allí atravesado por una bala 
que sin embargo le respetó la vida. Várela 
pelea con la bravura de Anzoátegui en 
Boyacá, pero una bala lo derriba de su 
corcel y lo deja herido en tierra. 

La lucha, á pesar de éso, sigue cada vez 
más fragorosa y sangrienta. Aquello ha to- 



n8 



mado proporciones inmensurables. Ya no es 
un combate de hombres; es un choque de 
dos elementos de la naturaleza; es un océa- 
no que se ha desbordado sobre otro, hura- 
cánico y rugiente; es el Etna, coronado con 
su penacho de llamas, y lanzando á todos 
cuatro vientos ríos de lava y bramidos 
pavorosos; es el Vesubio el día que sepulto 
á Pompeya y Herculano, é hizo regresar las 
ondas marinas que venían á estrellarse á 
sus faldas; es la lluvia de fuego que cubrió 
el espacio un día, y devoró en un instante 
las nefandas ciudades de Pentápolis. 

De pronto, quemado por el fuego y enne- 
grecido por el humo, llega á donde está el 
General Castro un apuesto ginete: «General, 
le dice, un refuerzo más y se decide la acción.» 

«Que entre la mitad del Batallón «Tovar.» 

«Urge llevarlo íntegro, General.» 

«¿Me juras no "perderlo?» 

«Lo juro.» 

«Pues bien, llévalo y vence.» 

Y aquel bizarro ginete, el denodado Ge- 
ral Dávila, á la cabeza del Tovar, y secun- 
dado por los heroicos Pino y Salas, va nue- 
vamente a confundirse en la batalla y á 
realizar prodigios ele audacia y de valor. 

En tanto, un incidente desgraciado ocu- 
rre en el Estado Mayor. En una caída del 
caballo, el General Castro se ha lujado un 
pie. Sus oficiales le rodean para prestarle 
cuidados y atenciones, pero él los rechaza, 



— ii 9 — 

y conteniendo su dolor, continúa dirigiendo 
la batalla. 

Son los últimos instantes del día: la 
corneta toca carga: la llegada del Tovar 
ha revivido el entusiasmo: un nuevo es- 
fuerzo hacen aquellas tropas fatigadas por 
la lucha: todos los oficiales se lanzan al 
frente de sus respectivos Cuerpos, y aquellas 
montoneras de enemigos vuelven caras, y 
la derrota se establece, y los Jefes huyen, y 
aquel ejército de seis mil soldados se dis- 
persa en diferentes direcciones, dejando 
armas y pertrechos, y banderas, y cañones, 
y papeles, y heridos y bagajes. 

La onda de la persecución se ensancha: 
los fuegos se oyen cada vez más lejos. Por 
fin disminuyen, se apagan, y el campo de 
combate queda cubierto por un silencio se- 
pulcral, sólo interrumpido por el ay dolo- 
roso de los heridos, los últimos estertores 
de los agonizantes, el hervir de la sangre 
al brotar impulsada por la respiración en 
el pecho de los moribundos, el ruido de los 
lagartos al salir aún medrosos de debajo 
de las piedras, el caer de las hojas troncha- 
das por el plomo y los postreros ecos de 
la tormenta, repercutiendo en los senos de 
las colinas lejanas. 

Las pérdidas de una y otra parte eran 
numerosas. El ejército restaurador quedaba 
convertido en un esqueleto; pero había im- 
puesto ya su fama de invencible, podía 
descansar tranquilo, que ninguna otra fuer- 



120 

za se atrevería á atacarlo. En el camino á 
la Capital, no encontraría sino arcos de 
triunfo y las ovaciones que justamente se 
merecen aquellos afortunados á quienes el 
éxito corona. 

Dos días permaneció el ejército en Tocu- 
yito, y el diez y seis, siguió marcha á Va- 
lencia. 



XII 



Con los últimos disparos hechos el catorce 
de setiembre, á los postreros resplandores 
del crepúsculo vespertino, había acabado 
el proceso de las armas; pero faltaba una 
nueva campaña para terminar el someti- 
miento del País; campaña difícil, sometida 
al talento diplomático, á la habilidad polí- 
tica del Jefe de la Revolución. 

El General Luciano Mendoza se encontra- 
ba en La Victoria con cuatro mil soldados; 
Caracas tenía fuerzas en sus cuarteles, y 
cada Estado de la Unión mantenía un 
ejército en pie. 

Era necesario continuar venciendo, pero 
con armas más benignas que la espada y el 
fusil. La prolongación de la guerra hubiera 
sido un crimen. Ya el suelo estaba harto 
de sangre, y los cuervos, de carne humana. 
Un caudillo vulgar habría necesitado lle- 
var la onda destructora hasta los últimos 
extremos del País: las inteligencias claras 



121 

y los corazones nobles tienen recursos de 
un orden muy superior. Guiados, en los 
senderos de la vida pública, por el más 
acendrado patriotismo, llevan el bien co- 
mún como ley, y la salud de la Patria como 
suprema aspiración. Matar hombres, arrui- 
nar pueblos, no es su bandera, sino hacer 
triunfar un ideal; y para esa victoria, las 
más dignas armas son las incruentas del 
talento y del ingenio. 

El General Castro comenzó su nueva 
campaña dirigiendo al País esta radiosa 
Alocución : 

«CIPRIANO CASTRO, 

GENERAL DE LOS EJÉRCITOS DE VENEZUELA 

Y JEFE SUPREMO DE LA REVOLUCIÓN 

LIBERAL RESTAURADORA 

A LOS VENEZOLANOS 

Compatriotas! 

Ya en vísperas de emprender marcha ha- 
cia la Capital de la República con el objeto 
de rendir la última gloriosa jornada del 
patriotismo, os dirijo de nuevo la palabra 
para ratificaros lo que este gran movi- 
miento popular significa, y para deciros lo 
que ha hecho y lo que de él puede y debe 
esperar la amada Patria. 

Cuando á fines de Mayo empuñé las ar- 
mas, á la cabeza de un puñado de andi- 



122 



nos, mejor diré, de héroes, obedecí al man- 
dato de la conciencia que me mandaba 
acaudillar la más enérgica protesta arma- 
da contra el torrente de arbitrariedades 
que había desarrollado un Gobierno lla- 
mado á ser estrictamente constitucional. 
El País estaba ávido de prácticas legales y 
necesitado de una administración regular, 
honesta y pura; pero el General Andrade, 
lejos de atender á tan urgente reclamo, 
dióse á la ingrata tarea de hacer una po- 
lítica personal, arrebatando á algunos Es- 
tados sus Magistrados Constitucionales, im- 
poniendo por sobre las leyes su capricho 
autoritario, y falseando por último, la base 
de nuestro sistema, rompiendo la Consti- 
tución para llegar al Acuerdo monstruo de 
22 de Abril, que violentamente creó las 
veinte Autonomías y constituyó en Dicta- 
dor al Presidente de la República. 

En vano fué alertado el General Andra- 
de por algunos patriotas, y en vano tam- 
bién veinticinco respetables miembros del 
Congreso se opusieron á la violencia, por- 
que, cegado por una pasión incomprensi- 
ble, lanzó el País al borde de un abismo 
de males, de donde tenía que surgir la 
guerra con toda su cohorte de calamidades. 

Esta gran Kevolución Liberal Restaura- 
dora, que me ha tocado en suerte presidir, 
no es pues, el resultado de ninguna am- 
bición personal, sino lamentable consecuen- 
cia de aquellas arbitrariedades. Impulsado 



— 123 — 

por la justicia, ella ha tenido desde su na- 
cimiento un éxito prodigioso; y por fuerza 
he de reconocer que ese éxito ha tenido por 
propulsor, el heroísmo del Ejército que me 
honro en mandar, y por inspiración pa- 
triótica, el señalado favor de la Divina Pro- 
videncia. 

Esta Revolución es esencialmente Libe- 
ral Restauradora, y precisamente por ser Li- 
beral Restauradora, es que se propone resta- 
blecer las Autonomías Seccionales en el se- 
no de la ley; la tolerancia política como 
único civilizado medio de actividad repu- 
blicana; la magnanimidad como el mejor 
trofeo de victoria, y el amplio ensancha- 
miento partidario, á fin de que nunca ten- 
gan los pueblos que ocurrir al medio rui- 
noso de la guerra para realizar sus ideales 
y aspiraciones, dando cabida en la patriótica 
obra del bien común, á todas las persona- 
lidades que así lo deseen, y legítimo desa- 
rrollo, á todas las nobles aspiraciones. 

Desde el heroico Táchira hasta el glorioso 
Carabobo hemos encadenado la Victoria. 
Sólo nos falta por rendir la final jornada: á 
ella asistiremos con la misma fé que nos ha 
traído hasta aquí. 

Compatriotas! 

No lo dudéis. Esta Revolución Liberal 
Restauradora hará la felicidad de la Patria,, 
porque está apercibida de sus quebrantos, 
de sus dolores y de sus necesidades. Vamos 



124 



á restablecer el respeto á la ley, la venera- 
ción al hogar, el respeto á la propiedad, la 
práctica de los principios republicanos, la 
franqueza política, la tolerancia á todas las 
opiniones, la pulcritud fiscal y el progreso 
on todas sus manifestaciones. Sólo de esa 
manera habremos correspondido á la fran- 
queza de los pueblos, y acabado para siem- 
pre con los poderes arbitrarios v y con los 
odios banderizos que hacen la desgracia de 
la República y convierten á los ciudadanos 
en verdaderas bestias feroces. 

Compatriotas! 

Ya nos acercamos al Capitolio. Al trepar 
á esa augusta altura, juremos proceder co- 
mo hombres patriotas, como hombres civi- 
lizados, como hombres de bien. 

Cuartel General en Valencia, á 25 de se- 
tiembre de 1899. 

CIPRIANO CASTRO.» 

En esta ciudad, al mismo tiempo que 
esperaba la curación del pie lujado, la- 
boraba incansable para asimilarse elemen- 
tos de todos los partidos militantes ; y 
pocos días después, Luciano Mendoza le 
presentaba sus fuerzas, venían á incorpo- 
rársele los alzados del Guárico y Carabobo, 
y multitud de personas distinguidas le 
ofrecían unas sus espadas, otras sus plu- 
mas, y todas su admiración y su lealtad. 



— 125 — 

Con estos triunfos se dirigió á la Ca- 
pital, é hizo su entrada en ella, en la 
tarde del veintidós de Octubre. 

El veinticuatro dirigió al País esta me- 
morable Alocución : 

«CIPRIANO CASTRO, 

GENERAL EN JEFE DE LOS EJÉRCITOS DE LA REPÚBLICA,, 

JEFE SUPREMO DE LA REVOLUCIÓN LIBERAL 

RESTAURADORA Y EN EJERCICIO DEL 

PODER EJECUTIVO NACIONAL. 

Á LOS VENEZOLANOS 

Hace hoy cinco meses que nuestras ar- 
mas, victoriosas en La Popa y Tononó, 
dejaban presentir que el ejército del Tá- 
chira marcharía de triunfo en triunfo á 
la Capital de la República : hemos venci- 
do ; hemos dado amplia reparación á la 
majestad de las instituciones y á la honra 
nacional, sellando el proceso harto vergon- 
zoso de nuestras guerras civiles. 

Podemos decir que la Campaña armada 
está terminada ya, pues se ha inaugurado 
un Gobierno que es el renacimiento de la 
República y cuyo programa puede sinte- 
tizarse así : — 

Nuevos hombres. 

Nuevos ideales. 

Nuevos procedimientos. 
Comienza la labor administrativa, quizá 



I2Ó 

más cruda que la labor guerrera y para 
la cual reclamo el contingente de todos 
los hombres de buena voluntad. 

Hacer efectivo y práctico el programa 
de esta Revolución, y demostrar ante pro- 
pios y extraños que los sacrificios heroicos 
consumados hasta hoy no han sido esté- 
riles, será, sin dudas ni vacilaciones, el 
lema de mi gobierno. De este camino no 
podrá apartarme nada ni nadie ; y si por 
desgracia para la Patria quisiera el Des- 
tino que, á pesar de mi mejor disposición 
para hacer la felicidad de todos los Ve- 
nezolanos, injustificadas y nuevas conmo- 
ciones viniesen á entorpecer la marcha 
serena de la Administración, os declaro, 
con la sinceridad que me es ingénita, que 
sucumbiré en la lucha sin desviarme una 
línea del camino del honor y del deber. 

Soldados del Ejército Liberal Restaura- 
dor! 

Esta es vuestra obra : debéis estar or- 
gullosos de ella y prontos á cuidarla para 
que os hagáis dignos del alto renombre 
que habéis conquistado en la Historia. 

Caracas : 24 de Octubre de 1899. » 

Por primera vez, después de medio siglo, 
oía hablar el País de la unidad nacional. 

Luchas infecundas, nacidas más de am- 
biciones personales que de oposición de 
ideas, habían venido rasgando la honra 



— 127 — 

de la Patria durante muchos años; años 
que pueden contarse por los errores po- 
líticos cometidos y las injusticias consu- 
madas, y que suman las energías secues- 
tradas al trabajo, al progreso, á la civi- 
lización. 

Caudillos obscuros, incapaces de la gran- 
deza y de la gloria, habían solevantado 
á las masas populares con promesas men- 
tidas y seductores halagos; y el pueblo, 
ávido siempre de ■ bienestar, había concu- 
rrido á los campos de batalla a derramar 
allí su impoluta sangre, sin esperanza de 
que ese suelo fecundado por tan precioso 
rocío brotase nunca ni un fruto ni una 
flor. 

Una agitación estéril concentraba la ac- 
tividad de la Nación : la guerra lo ab- 
sorvía todo: había tantos partidos políti- 
cos cuantos gamonales: los desafueros de 
la ambición eran el ideal supremo, y en 
tanto, morían todas las fuerzas vivas del 
País; agonizaba la agricultura por falta 
de brazos; sucumbía el comercio por im- 
posibilidad de relaciones ; cerraba sus alas 
la Ciencia, y huía de nuestros santuarios ; 
la Justicia ocultaba con vergüenza sus 
desnudeces, y no había derechos para el 
ciudadano, ni respeto para los hogares, ni 
tranquilidad para las familias, ni paz, ni 
leyes, ni seguridad, ni nada. 

En ese momento sociológico, el Conductor 
de la Restauración se iergue sobre el 



128 



pedestal de sus energías, rasga los pol- 
vorientos trapos de los núcleos banderizos, 
domina con férrea mano al Caudillaje 
histórico, proclama los eternos principios 
del derecho republicano, asesinados en 
nuestra propia Constitución por estultos 
mandarines, y convoca á todos los Vene- 
zolanos á reunirse en torno al Gobierno 
para laborar por el bien común, para 
levantar la dignidad de la Nación, para 
implantar las conquistas del progreso, para 
derramar por todas partes la luz, para 
hacer á la Patria grande, venturosa y 
rica. 

Esa es la obra de la Restauración y éso 
lo que quiere su ilustre Jefe. Cerrar la 
era de las discordias civiles y abrir el 
período de la paz, del orden y del bien ; 
que no haya más lágrimas del pueblo, 
ni más injusticias de los poderosos; que 
no se extorsione más á la conciencia ni 
se tiranice al pensamiento ; que el País 
viva la vida de la honra y se conquiste 
los laureles que la justicia le reclama. 



Con su entrada á la Capital, terminó 
esta brillante Campaña que perdurará en 
los fastos del militarismo venezolano. 

Había sido un vuelo de águilas, que, 



— 129 — 

partiendo de las riberas del Táchira, fue- 
ron de cumbre en cumbre hasta posarse 
en las almenas del Capitolio. 

El País contemplaba atónito aquel es- 
fuerzo de estrategia y de valor. 

Habían renacido los gloriosos tiempos 
de Carabobo y Las Queseras. 

Venezuela despertaba del sueño de medio 
siglo al paso portentoso de un genio 
militar. 

Una nueva página- se abría en el libro 
de nuestra Historia, y concurrían á es- 
cribir esa página todos los hombres de 
bien. 

Los antiguos partidos políticos espira- 
ban con sus pequeneces y sus miserias; 
y de sus cálidas cenizas — como una au- 
rora de redención — surgía la bandera de 
la Patria, que con sus tradiciones de 
gloria y sus augurios de grandeza, recor- 
dará siempre á los Venezolanos el cum- 
plimiento de esta divina imposición : el 
deber. 



TERCERA PARTE 



TERCERA PARTE 



CONSIDERACIONES GENERALES 



La barbarie fué el imperio de la fuerza. 

En esa impenetrable noche de la huma- 
nidad, en que todas las facultades del hombre 
estuvieron eclipsadas por el instinto feroz, 
sólo hubo una figura que se irguió hasta 
sobresalir en las capas sociales: el fuerte; y 
una víctima expiatoria sobre la cual se car- 
gó el peso de todas las iniquidades públicas: 
el débil, 

Allí la vida fué amarga como la deses- 



— 134 — 

peración, y el placer mismo punzó como 
espada. 

No hubo ideales para el espíritu, porque 
el pensamiento estaba asfixiado, y la con- 
ciencia, muerta. No hubo equilibrio social, 
porque las castas ahogaron la igualdad en- 
tre los hombres. 

El delito, como Euménide iracunda, fué 
la única antorcha que iluminó el seno de 
las agrupaciones, y la injusticia, en toda 
la insolencia de su criminalidad, fué el 
único nexo entre los asociados y la única 
Egeria que insufló las inspiraciones de la 
existencia. 

En esa noche sombría, que fué el descon- 
cierto de la razón y el trastorno de las ideas; 
donde no hubo más ]ey que la violencia, 
ni más derecho que la voluntad del pode- 
roso, pudo muy bien surgir la guerra, para 
ser el arbitro de los pueblos y el supremo 
regulador de los intereses humanos. 

Pero la aurora de la Civilización clareó al 
fin, y empezó á emerger la luz por todos 
los horizontes de la tierra y á esplender en 
todas las profundidades del alma; y el de- 
recho se impuso como soberano ; y fué la 
justicia la norma de los procedimientos ; y 
la libertad, la esencia de nuestro ser ; y el 
bien, el objetivo de nuestras aspiraciones, 
y entonces la guerra, resto de la barbarie, 
fué subrogada por los debates de la inte- 
ligencia, y sustituyó á la fuerza la razón, 
y en vez de la espada, que escribe con 



— 135 — 

sangre humana y con cadáveres el triunfo 
de sus conquistas, vino la pluma, que de- 
ja en el papel luz; en la mente, verdades; 
en el estadio de la lucha, ideas; y en el 
campo de la vida, los elementos con que se 
construye el edificio de la Civilización. 

Pero puesto que aun hoy la guerra es un 
hecho social, el derecho permite ocurrir á 
ella, mas sólo en las situaciones últimas, y 
siempre que la honradez presida á las ope- 
raciones militares, de modo que la sociedad 
se resienta lo menos posible y los intereses 
públicos no sean heridos sino ante una 
suprema necesidad. 

Dadas nuestras teorías políticas de Repú- 
blica democrática, podrá un día levantarse 
indignada la mayoría del pueblo para de- 
rrocar á un gobernante perjuro, que haya 
violado las mismas Constitución y Leyes 
que juró cumplir; que haya mancillado el 
honor de la Nación y hecho trizas la ban- 
dera que es el símbolo glorioso de la Pa- 
tria; pero esa misma revolución tendrá 
grandes é impretermitibles deberes qué lle- 
nar, y tremendas responsabilidades ante 
el mundo y ante la Historia: ella no podrá 
alimentar la guerra sacrificando las garan- 
tías que constituyen la dignidad del ciuda- 
dano, ni destruyendo la riqueza y las obras 
de ornato y de progreso del País, ni auto- 
rizando las escandalosas extorsiones y tro- 
pelías que caracterizan al desorden, porque 
no es dable corregir al derecho sino con el 



— I3 6 — 

derecho, ni fundar la moralidad de una 
administración, sobre la inmoralidad y el 
delito. 

En este sentido, la Campaña de 1899 
está defendida ante el porvenir. Ella deja 
altos ejemplos qué aprender y prácticas 
hermosas qué admirar; ella ha enseñado 
cómo puede civilizarse la guerra, si posible 
es decirlo, y hacer que del rudo pecho de 
Marte broten también rasgos de caballero- 
sidad y de hidalguía, de abnegación y de 
bondad. 

En setiembre de 1899, el Ilustrísitno Obis- 
po de Mérida denunció ante el Presidente 
de la República, en notable documento ofi- 
cial, las exacciones y desafueros cometidos 
por el Ejército Nacional á su paso por la 
Cordillera, á la vez que encomiaba la con- 
ducta observada por las fuerzas de la Re- 
volución. Esas palabras en boca de un 
Pontífice de la Iglesia, y autorizadas por el 
informe de numerosos individuos de todos 
los círculos políticos, son un título de or- 
gullo para el Jefe de la Restauración y una 
invalorable presea para su pecho de militar. 

El Ejército de la Restauración no se le- 
vantó sino para ir á los campamentos y 
vencer. Su misión no fué el pillaje; ni su 
bandera, la destrucción; ni sus ideales, el 
atentado á todo derecho: por eso atravesó 
el País conquistando legítima fama y de- 
jando doquiera imborrable admiración. 

Esa es una elocuente enseñanza para el 



— 137 — 

porvenir, ya que el paso de fuerzas en Ve- 
nezuela, era el paso de los bárbaros de 
Atila; y ya que las pasiones políticas ha- 
bían hecho creer al soldado que su catego- 
ría militar lo autoriza para rasgar todas las 
leyes y cometer todos los crímenes. Delitos 
que se deben muy principalmente al pre- 
dominio durante largos años, de caudillos 
vulgares, nacidos los más en la zahúrda de 
la infamia y educados en las tabernas y 
garitos, sin más ideal que vivir de lo ajeno, 
y sin más aspiraciones que levantarse sobre 
un pedestal de sangre para dominar á las 
multitudes por el espanto y el terror. 



ii 



«Enemigos de mi pueblo son todos los 
malos hijos que propenden á su ruina,» es- 
cribió La Bruyére. 

«Atrás ! asesinos de mi Patria, vosotros 
los que venís á destruirla,)) dijo á los demo- 
ledores populares Condorcet. 

«Desconfiad de cuantos van por calles y 
caminos gritando ¡Patria! ¡Patria! y des- 
truyendo á la vez todo lo que constituye 
su riqueza y embellecimiento,» exclamaba 
Silvio Pellico. 

He aquí el medio infalible para reconocer 
á los patricidas en el campo de nuestras 
revueltas públicas. 



- i 3 8 ~ 

La Patria no es tan sólo la tierra en que 
nacimos, sino todo lo que moral ó física- 
mente está adherido á ella. 

Una revolución que demuele un edificio 
público ó arrasa la hacienda de un adver- 
sario, es á la Patria á quien ha defraudado 
en el valor de ese edificio ó de esa hacienda, 
á la Patria á quien ha causado el daño y 
llenado de baldón. 

Sólo la estulticia y la maldad combaten 
contra los bienes : la inteligencia y el valor 
luchan contra las ideas y contra los hom- 
bres. 

La destrucción no es la obra del bien : él 
transforma y edifica, pero jamás destrona. 

El progreso va á las ruinas para hacer 
surgir de allí dombos y palacios; pero no 
se acerca á los palacios para convertir- 
los en ruinas. Y las revoluciones arma- 
das que no están inspiradas en el bien 
y que no tienen por fin un progreso, son 
tan sólo motines de bandoleros que se aso- 
cian para dar más solemnidad al delito y 
derivar mayor fruto de la expoliación. 

El General Castro, como revolucionario, 
jamás demolió un puente ni un viaducto; 
ni entró en su táctica incinerar un archivo, 
despedazar una imprenta ó deshacer una 
oficina pública. 

jCómo! reducir á cenizas un archivo, que 
contiene el testimonio de todos los actos 
civiles, que da fé de lo pasado y garantiza 
la estabilidad del porvenir? 



— !39 — 

¡Cómo! convertir en pedazos una impren- 
ta, ese estereotipador del pensamiento hu- 
mano, ese soldado de la Civilización que 
combate por la luz, por la razón y por la 
ley? ^ 

¡Cómo! derribar á hachazos de los muros 
de una oficina, el cuadro que contiene la 
proclamación de nuestra Independencia y 
los retratos de esos proceres ilustres que 
murieron por darnos Patria y Libertad ? 

No! él jamás imitó á esos bárbaros, á esos 
suevos y alanos de los tiempos modernos 
que en nuestro País venían dejando sangre 
como huella y desolación como rastro. 

El, antes bien, utilizó para sus evolu- 
ciones militares las redes de teléfonos, dictó 
sus órdenes por los telégrafos y condujo 
sus ejércitos por los ferrocarriles de la Na- 
ción, convencido de que estas obras, cuida- 
dosamente conservadas, prestan servicios 
que equivalen á triunfos y facilitan opera- 
ciones que se reputan como victorias. 

Así procede un revolucionario que va im- 
pulsado por la atracción del patriotismo; 
que siente palpitar dentro del pecho la 
fibra del deber; que no lleva otro móvil si- 
no la victoria del derecho sobre el abuso 
y la arbitrariedad. 



140 



III 



En las revoluciones armadas suele come- 
terse un delito que espanta á la razón y 
deshonra el brillo de una Causa. 

En las Repúblicas democráticas, está den- 
tro de los límites del derecho, que la mayo- 
ría del pueblo se levante un día para echar 
por tierra un despotismo tiránico y oprimen- 
te; pero que una docena de ambiciosos vul- 
gares levanten en cualquier momento la 
bandera de la rebelión, y para formar ejér- 
cito ocurran al reclutamiento forzoso; que 
vayan al hogar sencillo para arrebatar de 
allí al hijo honrado, al padre bueno, al es- 
poso amante, y dejen sumidos en llanto 
aquellos inocentes pequeñuelos, aquellas 
madres santificadas por el amor y aquellas 
esposas que tal vez acaban de recibir en el 
templo la bendición nupcial, y que aún 
ostentan sobre la sien el niveo velo y la 
diadema de blancos y frescos azahares? 

Si tales Caudillos no cuentan con la ma- 
yoría del pueblo ¿cómo pretenden legalizar 
su insensata rebelión? 

¿ Acaso en las Repúblicas prevalece el vo- 
to de las minorías ? 

Y si una revolución tiene por objeto 
libertar á un País, reivindicar derechos 
conculcados y desagraviar á la justicia vi- 
lipendiada ¿ cómo empieza por arrebatar la 



— 141 — 

libertad personal á modestos y honrados 
labradores, obligándoles á llevar un fusil 
y á dispararlo sobre el pecho de magistra- 
dos para quienes ellos no tienen sino res- 
peto y obediencia? 

¿ Cómo principia por violar el hogar aje- 
no y arrebatar á los infelices el fruto de 
su trabajo, por raparles el buey que les 
acompaña en sus labores, la muía que les 
conduce los frutos al mercado, la vaca que 
les provee del alimento de la familia?.... 

Probado queda en las páginas de este 
libro que el Jefe de la Restauración jamás 
tuvo en su ejército un solo recluta, y que 
antes bien, repetidas veces éxito á sus sol- 
dados á retirarse si no se sentían con una 
voluntad firme de continuar arrostrando los 
peligros de la campaña. 

Es así como debe proceder un Caudillo: 
lo contrario es destruir la República, y 
una revolución que comienza por destruir 
nuestro sistema político, es tan enemiga de 
la Patria como la más monstruosa y feroz 
de las tiranías. 



IV 



Existen dos cosas que la naturaleza mis- 
ma se rechaza á reunirías en pecho humano: 
la crueldad y el valor. 

El asesino no hiere sino en la sombra. 



— 142 

porque no tiene la entereza que se necesita 
para atacar á la luz. 

El tigre se oculta tras un árbol para 
asechar á su víctima: el asesino la hiere 
por detrás, ó la espera á la vuelta del ca- 
mino. 

Un militar de valor se complace á la vis- 
ta del adversario, y sonríe ante el peligro; 
el cobarde huye del campo raso y se em- 
bosca para matar á mansalva. 

El cobarde es la deshonra de la carrera de 
las armas. 

El, cuyo nombre no debiera sonar en 
los campos de batalla, tiene, sin embargo, 
sus páginas en la historia de la guerra. 
El ha intoxicado las aguas potables para 
envenenar á su enemigo ; él ha incendia- 
do las poblaciones para hacerle sucumbir 
en medio de las llamas ; él ha izado la 
bandera contraria para herirle con el pu- 
ñal de la perfidia y del engaño ; él lo ha 
victimado penetrando en su campamento 
con pendón parlamentario y con cruz roja; 
él ha fusilado á los prisioneros y ultima- 
do á los rendidos; él ha adiestrado tira- 
dores para disparar expresamente sobre los 
Jefes contrarios; y él, en la antigüedad, 
compró los mensajeros de Viriato para 
que lo asesinaran ; en la Conquista de Amé- 
rica, venció á Guaicaipuro incendiándole 
la casa en que se hacía fuerte ; y en el 
siglo último, se disfrazó de mendigo para 
matar á Lincoln, ya que no pudo ven- 



— 143 — 

cerlo en los campos donde se debatió el pro- 
ceso de la esclavitud norteamericana. 

La Campaña de 1899 no tiene una sola 
mancha en este sentido. El General Cas- 
tro venció siempre por el prodigio de su 
valor y la fuerza de su talento ; y fué ge- 
neroso hasta la prodigalidad y noble hasta 
la grandeza del alma. 

EnLAS Pilas quedó herido y prisionero el 
General Leopoldo Sarria, y no sólo lo tra- 
tó con todas consideraciones, sino que lue- 
go lo puso en libertad, haciéndolo acom- 
pañar hasta tierra colombiana para que 
de allí pudiera más fácilmente dirigirse 
al seno de los suyos ; en El Zumbador 
cayeron también en poder su}^o los Gene- 
rales Silverio, León y Bello, á quienes in- 
mediatamente dio generosa libertad; y en 
Tovar no sólo hizo lo mismo con los pri- 
sioneros de guerra, sino que hasta dejó al 
frente de aquella ciudad, al General Emi- 
lio Rivas, Jefe de las fuerzas vencidas, 
pero en quien reconoció á un militar valien- 
te, pundonoroso y digno. 

Después de las batallas, su hospital mi- 
litar fué también el de los heridos del 
adversario, á quienes hizo tratar como á 
los suyos propios; y en ninguna parte es- 
catimó nobleza ni quedó atrás de otro en 
hidalguía y humanidad. 

Los grandes Capitanes, hasta en épocas 
bárbaras, fueron siempre generosos con el 
adversario. Después de la batalla de Ifisso, 



— 144 — 

Alejandro colmó de atenciones á la infor- 
tunada familia de Darío; y habiéndele di- 
cho un día su prisionero Poro que quería 
lo tratase como á Key, no sólo lo trató así, 
sino que le devolvió su reino y lo hizo su 
amigo ; y César lloró cuando le presenta- 
ron la cabeza de Pompeyo, y como pro- 
testa contra tan infame delito, castigó con 
la horca á los barqueros que lo asesinaron. 

Un día dispuso Bonaparte fusilar al prín- 
cipe de Hatzfeld, por haberle cogido una 
carta que le delataba como traidor al ejér- 
cito francés. 

La esposa del infortunado príncipe voló 
á justificarlo, en la creencia de que había 
sido víctima de una calumnia. 

Señora, le dijo el Emperador; el crimen 
es sobrado cierto. Lea usted, y juzgue por sí 
misma; y le entregó la carta. 

A la vista de tan terrible documento la 
princesa se deshizo en llanto. 

Señora, le dijo Bonaparte condolido : tran- 
quilícese usted: aún hay fuego en la chime- 
nea y la carta está en sus manos. 

La señora se rehizo al punto, incineró 
la carta y voló ella misma á detener la 
ejecución y á anunciar la libertad á su 
marido. 

Sí, sólo la cobardía es cruel y ruin. 

El valor es una virtud excelsa, que jamás 
anida en corazones bajos. 

Cuando el deber le impone inflexibili- 



— i45 — 

dad es inexorable; pero cuando tiene ca- 
bida el perdón, es generoso. 

Las crueldades de nuestras guerras civi- 
les, sólo son obra de la ignorancia y de 
la maldad. Hasta en las guerras interna- 
cionales, los militares valientes han dejado 
brillantes ejemplos de la alteza de sus al- 
mas. 

En las Cruzadas, el bárbaro Saladino y 
Ricardo Corazón de León llenaron la his- 
toria con las maravillas de su valor y de su 
nobleza. 

Un día, el Archiduque Carlos encontró 
en el camino, casi próximos á sucumbirá 
varios soldados austríacos á quienes había 
desamparado su Coronel. Al punto ordenó 
abandonar algunos cañones, y que en los 
carros en que iban éstos fueran conduci- 
dos los enfermos: ((La vida de un valien- 
te, dijo, vale más que cincuenta piezas de 
artillería.» Más tarde, aquellos cañones ca- 
yeron en poder de Moreau ; pero al saber 
por qué causa habían sido abandonados : 
«Dejadlos, dijo á sus subalternos: no seré 
yo tan bajo para aprovecharme de una 
ventaja debida á la humanidad de mi ene- 
migo.» 

Y la víspera de una de sus grandes ba- 
tallas, habiéndose internado Bonaparte en 
un bosque para practicar por sí misino una 
inspección, llegó hasta donde estaba un 
viejo austríaco, centinela del enemigo, quien, 
en vez de alertarlo ó de disparar sobre él, 



146 



se limitó á decirle con voz noble y llena: 
«Emperador, ese no es vuestro puesto.» 

Páginas bellas que'son como luminares de 
la Historia. 

Rasgos sublimes que son aureola del 
hombre. 



Termino, en momentos de grandes y ha- 
lagadoras esperanzas para la Patria. 

La Restauración se ha consolidado de- 
finitivamente. 

Un gobierno fuerte é ilustrado preside 
los destinos del País. 

Al redor del Capitolio se dan cita todos 
los hombres de bien. 

Grandes problemas se presentan á la con- 
sideración pública. 

Sólo se necesita que el árbol de la paz 
extienda sus fecundas ramas por todo el 
territorio de la Nación. 

Venezuela está llamada á sorprender al 
mundo por sus conquistas en el camino 
del progreso y por su concurso de luz en 
el gran día de la Civilización. Colocada 
por la Providencia al frente de las Repú- 
blicas suramericanas, ella debiera ser — co- 
mo el penacho blanco del bearnés — el faro 
que les indicase la tierra de promisión de 
su grandeza y de su gloria. Y todo lo tie- 



— 147 — 

ne para desempeñar este destino sublime : 
una extensión inmensa de costas, besadas 
por un mar que la ponen en comunica- 
ción con todos los países del mundo; un 
suelo rico, en cuyas tres zonas derraman 
abundancia todos los tesoros de la tierra ; 
climas paradisíacos, á cuya acción la vida 
se prolonga hasta más allá de los linde- 
ros del sepulcro, donde la mente concibe 
con clarísimo despejo y el corazón palpita 
libre al impulso de todo sentimiento no- 
ble y bello: aquí el talento es sol, y la 
grandeza de alma, timbre de legítimo or- 
gullo ; la laboriosidad es un instinto que 
nace con el hombre; el valor y la honra- 
dez, alas con que vuela á las alturas has- 
ta el más plebeyo corazón; y la caballe- 
rosidad y la nobleza, hábitos con que se 
distingue en todas partes el ciudadano de 
Venezuela. 

Sólo necesitamos paz, para ser la Gran 
República del Sur : paz, para que la ac- 
ción del Gobierno sea benéfica ; paz, para 
que el trabajo despliegue sus cien brazos 
de titán ; paz, para que la Ciencia redima 
de los errores de la ignorancia ; paz, para 
que el cuervo del dolor huya de nuestros 
lares, y venga" la dicha á posar su tibio 
beso sobre nuestras frentes fatigadas por la 
rudeza de la incesante lucha. 

¿ Seremos tan estultos para dejar el ca- 
mino de nuestra gloria y hundirnos en el 
fango de irreparable infortunio? 



— 148 — 

Cerremos ya el libro de nuestras revuel- 
tas civiles. 

A la sombra de la paz todo florece. 

La República no vive sino de las prác- 
ticas del civismo. 

El equilibrio social es la base del bienes- 
tar público. 

La paz es la fuerza y la riqueza de las 
Naciones. 

Solemnicemos ya el gran día de la paz.' 



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